Por: Gustavo Duncan

¿Señales de progreso?

SERÍA ABSURDO SOSTENER QUE COlombia es un país medianamente desarrollado.

Incluso es cuestionable sostener que el ritmo de desarrollo es el adecuado para que en el mediano plazo logre niveles de bienestar equiparables a los de las democracias occidentales modernas. Sin embargo, es posible encontrar señales de progreso en perspectivas de largo plazo. Un caso interesante para ilustrar cómo efectivamente han sucedido cambios hacia el progreso y cómo estos cambios tienen mucho de procesos espontáneos y no sólo de consecuencias de políticas públicas, lo ofrece el trabajo doméstico.

Si retrocedemos un siglo atrás hallamos que el servicio doméstico en Colombia era una actividad económica que todavía estaba basada en las relaciones de trabajo de las haciendas. El pago monetario casi no existía. En vez de dinero las criadas obtenían un lugar de vivienda, alimentación y reconocimiento simbólico por parte de sus patrones. La condición de sirvienta implicaba además una enorme desigualdad en términos de derechos y deberes. Los patrones podían disponer de sus servicios a cualquier hora del día, podían determinar con quiénes se relacionaban y su superioridad estaba implícita en todos los tratos extralaborales.

Medio siglo más tarde la situación parecía que tendría que haber cambiado. Con la urbanización, el crecimiento de la industria y el desarrollo de nuevos estilos de vida era de esperar que la profesión de empleada doméstica equivaliera a cualquier otra actividad laboral formal de las clases bajas. Debería regirse por un salario mínimo, unas obligaciones parafiscales del empleador y tener un horario delimitado. Pero los avances fueron relativos al respecto. Las sirvientas continuaban viviendo con sus patrones en cuartos construidos para ellas en los nuevos edificios de las ciudades. Por lo que aunque el salario aumentó, gran parte continuaba siendo en especie —vivienda y alimentación—, y sus empleadores eludían sus responsabilidades legales como el pago de pensión y salud.

Tuvo que transcurrir otro medio siglo para que finalmente el servicio doméstico se convirtiera en una profesión que estuviera mediada estrictamente por un pago monetario y el tiempo libre de las sirvientas fuera asunto de su vida privada. Contribuyó mucho que la legislación laboral disuadiera a los empleadores de obviar sus responsabilidades y que en las nuevas viviendas desapareciera el cuarto de servicio —al menos en las clases medias y media alta—. Aún así falta mucho para que su situación laboral pueda parecerse a la de un empleado de bajos ingresos del primer mundo. Tanto su capacidad adquisitiva tan limitada como la desigualdad salarial con respecto a sectores de mayores ingresos, hacen que las posibilidades de reclamar sus derechos en el mercado de bienes y servicios públicos sea todavía una débil sombra de la sociedad capitalista occidental.

Por eso al día de hoy cualquier ama de casa puede abusar del tiempo de trabajo y de las funciones por las que paga a su empleada doméstica. Igual hay cientos de sirvientas esperando por el trabajo a la vuelta de la esquina.

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