Por: Pascual Gaviria

Señales particulares

HACE CERCA DE DIEZ AÑOS LAS CAlles de Medellín comenzaron a exhibir una enigmática epidemia.

Sin que al parecer hubiera un patrón claro fueron apareciendo cuadros rojos en medio de las esquinas, en las aceras, en un cruce de semáforos. La gente se quedaba mirándolos con curiosidad como si fueran un pozo. Algunos hablaban del ensanche de una vía, otros se encogían de hombros. Cuando ya estaban medio desteñidos se supo que formaban parte de una geografía fúnebre trazada por un artista local. El hombre o la mujer, no logré averiguar sus datos, seguía la ruta de las “paleteras” del CTI y marcaba un cuadro perfecto en el sitio donde se había cometido el homicidio. Luego de conocer el significado de esos sellos en la calle era imposible no temer a algunas esquinas siniestras. Normalmente se tiran dos o tres baldes de agua y no queda sino el rumor de los chaceros. Pero esa marca de pintura era otra cosa.

Las placas que conmemoran las muertes ilustres difícilmente pueden causar algún estremecimiento. Son sobre todo una marca para el turismo citadino. Una tarde durante una caminada al azar en Bogotá me topé con tres lápidas que no hicieron más que llevarme hasta el recuerdo de algún libro o la imagen de un noticiero. Al frente del Capitolio una placa recuerda el hacha de Galarza y Carvajal contra Uribe Uribe, luego apareció el santuario mugroso que dejó Roa Sierra y en una esquina de La Candelaria asomó el recuerdo de Low Murtra. La verdad ya no lo recordaba. Las letras en mármol en las orillas de los magnicidios hacen que el transeúnte corriente piense que el asunto no es con él.

Al contrario, los cuadros rojos que marcaron las calles de Medellín durante un tiempo eran una especie de advertencia: a cualquiera le puede llegar su hora por estas calles sencillas, nada en ellas deja ver los peligros ocultos, la muerte no trae por aquí alardes ni señales particulares.

La semana pasada Medellín volvió a mostrar unas marcas extrañas en sus calles. Unas manchas rojas, redondeadas, hechas con aerosol, aparecieron en algunos postes de luz en barrios de la comuna seis: Castilla, Pedregal, 12 de Octubre, Picacho, Picachito. Volvió la curiosidad y el sobresalto. Algunos pensaron que las Empresas Publicas iban a cambiar transformadores, otros se encogieron de hombros. Pero según parece ya no se trata de un juego simbólico ni de una comparación entre la memoria de la sangre y la memoria de la pintura.

Ahora forman parte de un juego de señales hechas por unos cuantos para que sean entendidas por todos. Los combos se cansaron de oír hablar de los límites invisibles en los barrios y decidieron dejar una huella más clara de su cartografía de extorsiones y destierros. Los nuevos límites, que no coinciden exactamente con los que ya estaban aprendidos por los vecinos, han comenzado a ser obedecidos. El caminante desprevenido ni siquiera los notaría, son un grafiti insignificante, pero en muchos barrios de la ciudad ya no quedan caminantes desprevenidos. Podría ser sólo una superstición pero al buen entendedor…

La ciudad ha terminado hecha de retazos por la lógica de las pandillas convertidas en bandas. Ahora las luchas no se dan sólo de ladera a ladera ni de un barrio a otro, sino cuadra a cuadra. Cada vez la geografía es más complicada, una especie de catastro brutal e incomprensible.

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