“Señora”

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Todo comenzó la primera vez que un extraño me dijo “señora”. Ese día no volteé a mirar porque pensé que no era conmigo. No fue sino hasta que me volvieron a decir “señora”, con nombre y apellido, que supe que así me veía el mundo, y en algún momento debí mudarme a ese nuevo estado, el de “señora”, sin haberme dado cuenta ni mucho menos haberme preparado.

Llegué a la casa ese día a buscar a la señora en el espejo. Y sí, ahí estaba. La mirada era la de la niña, siempre rodeada de perros, la de la adolescente descubriendo su belleza y la de la mamá acostumbrándose al llanto de un bebé y a las noches en vela. Era la misma mirada, pero ya no era la misma mujer. El término “señora” me obligaba a replantearme mi inocencia, mi feminidad, mi mortalidad y hasta mi legado.

Después me di cuenta del cambio físico. Uno que claramente notaron otros antes que yo. Años de risas y sonrisas dibujan mi cara y lo doloroso que pasa por mi mente se lee en mi frente. Y tendré para siempre el tercer ojo marcado en el entrecejo para no olvidar que somos conciencia. Mi cuerpo cuenta también la historia de una mujer que se transformó para traer al mundo a otras dos mujeres más bellas y fuertes que ella. Y aunque no se trata de resignarme pues entiendo mi cuerpo como un testimonio de amor, el ego saboteador, amante eterno de la juventud, me dijo ese día que las miradas ya no eran para mí y que los cumplidos eran para otros oídos.

Ese primer “señora” llegó a mi vida justo en el mes en que cumplí 25 años trabajando en medios de comunicación. Eso me recordó también el espejo y no me quedó más que sonreír. ¿Cuánto le había temido a este momento? ¿Cuánta preocupación me habría ahorrado de haber sabido que lo que me esperaba del otro lado del arco iris era un cofre de maravillas? El tesoro no llegó en forma de monedas de oro, es mucho más valioso. Descubrí que la juventud es la promesa de la cual la madurez es el cumplimiento. En mi oficio, o por lo menos en mi caso, eso quiere decir que es ahora que dan fruto los años de experiencia y prima mi capacidad mental por encima de mi físico.

Por suerte, mirándome al espejo también noté que ser señora tiene un encanto mágico que sólo se deja ver cuando vale la pena. De la sexualidad exuberante de una mujer más joven nace el erotismo que sólo se logra con el tiempo. Di el paso a ser mayor con la delicadeza con que se da un primer beso y se dice un primer “te quiero”. Lo di gustosa, con amor y respeto. Lo di también consciente de que celebrar mi edad es controversial en una sociedad bajo el yugo comercial de lo joven y que con mi actitud me sumo a una hermandad de mujeres grandes y cuerdas.

Frente al espejo terminé de reconocer en paz el sano recorrido del tiempo en mi cara y mi cuerpo, y el justo reflejo de mi madurez en el vidrio. En efecto, me había convertido en una señora y eso estaba bien. Por eso ahora, cuando un extraño me llama Dora, me volteo, pero para corregirlo:

“Es señora Dora, aunque se demore”.

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