Por: María Elvira Samper

Señores de las Farc... ¡basta ya!

El llamado desescalamiento de la guerra lo estaban sintiendo las regiones más directamente afectadas por el conflicto como consecuencia de la tregua unilateral decretada por las Farc y la suspensión de los bombardeos a sus campamentos ordenada por el presidente Santos.

Gracias a estos factores, la violencia asociada al conflicto estaba en sus mínimos históricos desde 1984, según un reciente informe del Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (Cerac).

Realidades y análisis auguraban un ambiente propicio para la discusión en La Habana sobre el cese bilateral y definitivo del fuego y las hostilidades, tarea encargada a la subcomisión técnica que encabeza el general Javier Flórez. Pero el ataque de guerrilleros de la columna móvil Miller Perdomo de las Farc a tropas de la Fuerza de Tarea Conjunta Apolo del Ejército en una vereda del Cauca, que dejó 11 militares muertos y 20 heridos, le dio un vuelco a la situación. “Eso fue una carnicería”, dijo una mujer que vive a pocos metros de la cancha donde sucedieron los hechos. Una operación ofensiva, una clara violación del cese del fuego unilateral, un crimen de guerra, una violación grave del DIH, como bien lo dijo el fiscal Montealegre con todas las letras. Sin atenuantes.

Cínicos y mentirosos, indiferentes a la indignación que causó el ataque, los voceros de las Farc reaccionaron con su acostumbrada soberbia, el cobarde “yo no fui”. Que fue una acción defensiva, que la responsabilidad es del Gobierno que ordena operativos contra una guerrilla en tregua, que las Farc nunca han roto el cese unilateral, que hay que mantener la cabeza fría, que la acción no fue planeada en La Habana, que ellos no dan órdenes desde la isla...

Explicaciones no creíbles, incapacidad crónica para reconocer errores. No es defensiva una operación en la que usan explosivos, granadas y fusiles contra militares en estado de indefensión, dormidos, ni dura una hora un encuentro fortuito. El ataque fue planeado. Por otra parte, si las Farc son una organización jerarquizada, con mando unificado, y las unidades móviles dependen del Secretariado —la máxima autoridad— y cinco de sus siete miembros están en La Habana, hay dos conclusiones posibles. La primera, que el ataque sí fue ordenado desde Cuba para demostrar que negociar en medio del conflicto tiene un costo muy alto y presionar así el cese bilateral del fuego, y que erraron el cálculo y el tiro les salió por la culata (Santos advirtió que no se dejará presionar y reactivó los bombardeos). La segunda, que no hay cohesión, que el Secretariado no ejerce control sobre toda su gente, que las columnas móviles son ruedas sueltas. Tal vez por eso el aviso-amenaza de Catatumbo el jueves: “Eso puede suceder de nuevo”.

Dura prueba para la mesa de diálogo, que además plantea un gran desafío para las Farc, que no parecen entender que ataques como los del Cauca e Ituango minan la legitimidad de las conversaciones, profundizan la desconfianza en sus posibilidades de éxito y alteran el clima político ya bastante enrarecido por el activismo antiproceso de Ordóñez y de Uribe, quien acusó a Santos de justificar “el asesinato de nuestros soldados con el cuento de la guerra que quiere terminar” (¿se justificaron los militares muertos con el cuento de que era posible aniquilar a las Farc?).

Cuesta trabajo conservar la cabeza fría y seguir apostando por la negociación. Sólo la posibilidad de no sumar más víctimas a nuestra larga historia de violencia lo hace posible. Que las Farc definan de una vez por todas si están o no con la paz. Menos retórica y más gestos de paz —respetar la tregua, desmontar las unidades móviles—. Menos soberbia y más humildad y valor para reconocer de frente su cuota de responsabilidad en la guerra.

 

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