Carta abierta a Jaime Garzón

Sensaciones

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¿Cómo escribir hoy sobre un asunto determinado? Se agolpan ahora muchos sentimientos sobre la vida, la muerte, la amistad, los grandes constructores sociales, los pensadores que, releídos, nos recuerdan lo efímero, lo trascendente, la fragilidad humana, pero también su capacidad para llevarnos de nuevo a esos encuentros interpersonales que justifican la existencia.

De pronto se derrumbaron aquellos fragmentos de vida que nos acompañan en la cotidianidad, pegados a la gente que queremos, incluida aquella que no conocemos pero es parte de nuestros sueños mayores. Estábamos en otra cosa y de pronto nos distrajeron. Recordamos entonces a los héroes que siempre nos acompañan como emblemas tutelares de la acción que nos ocupa. Pensamos, actuamos, soñamos, creamos (¿creamos?), respiramos, apegados a tantas enseñanzas sin las cuales nada seríamos como partículas del tejido social.

El pensamiento, en un encierro colectivo de nuestros pares –y con nuestros más cercanos pares–, vuela hacia espacios conocidos y desconocidos, donde millones de pobladores de la Tierra se debaten entre el miedo, la ignorancia, la insensatez, las necesidades más elementales y la insensibilidad que sembró un sistema social injusto y concebido para pocos. Ese embotamiento se hace evidente justo cuando pudiéramos sucumbir ante el virus que define este momento del planeta, todo por falta de los recursos sociales que no están donde debieran.

En el territorio marcado por las paredes familiares, nos asaltan sensaciones que nunca se dieron con tanta fuerza. Repasamos la geografía para ver las precariedades más injustas, sufridas por millones y millones de los marginados del mundo, a quienes no podemos darles nada más que el amor que por estos días aflora, porque –como dijera Víctor Jara, juglar de la ternura, poco tiempo antes de segársele su vida– “nosotros somos porque existe el amor; el mundo gira, crea, se multiplica, porque existe el amor”.

En el marco de la pandemia, Antonio Morales nos conmueve con su diatriba: “Si seguimos empecinados en el egoísmo, la especulación, el acaparamiento, el individualismo y la codicia, el coronavirus marcará inexorablemente, día a día, nuestra decadencia. Pero si actuamos de manera generosa, amorosa y solidaria, a pesar y contra los poderes neoliberales, estaremos en el camino de vencer el virus y de vencer nuestra propia historia trágica. El coronavirus es la oportunidad definitiva para el cambio personal, colectivo y global. O reconstruimos una sociedad en el amor y el humanismo, o perecemos. El virus está dándonos una oportunidad revolucionaria para evitar la caída al abismo de toda la especie humana”.

Y así, grandes pensadores se rescatan en estos días, como si desde siglos y milenios atrás nos hablaran de esta tremenda coyuntura. Vuelven a la carga los sacerdotes de la sociedad caldea, los poetas-profetas y el querido viejo José Saramago, este para advertirnos sobre la ceguera que afecta a los hombres. Y el papa Francisco, respetado igualmente por su grey y los de la otra orilla, se inquieta y pide para que podamos seguir poblando este solar común de la humanidad.

Tris más. A manera de corolario: el mundo necesita repensarse.

* Sociólogo, Universidad Nacional.

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