Por: Cecilia Orozco Tascón

“Sentí pánico”

ESAS DOS PALABRAS DE LA AGRACIAda congresista Nancy Patricia Gutiérrez, pronunciadas entre sollozos, conmovieron al Senado que se encontraba sesionando en el momento.

Así, de manera tan espontánea, Gutiérrez describió la proyección psicológica de miedo que le inspiró el allanamiento a la residencia de su colega, el vicepresidente del gobiernista Partido Conservador Alirio Villamizar, por orden de la Corte Suprema. A la hora en que los investigadores entraban a la vivienda de Villamizar y sin darse ni un minuto para averiguar la razón de la medida, la parlamentaria descalificó a su propio juez por la presunta “coincidencia”, según dijo, entre la diligencia judicial y la fecha en que se iba a votar el referendo reeleccionista. En medio de sus lágrimas acusó de “atropello” y “maltrato” a los magistrados y aseguró que  “llegó el momento de reaccionar”. Entre sorbo y sorbo, la senadora llamó a un golpe de Estado contra la justicia.

Viendo la dramática escena, sus compañeros abrazaron a la desvalida mujer mientras otros se solidarizaban con ella con peroratas antijusticia. El cada vez más incoherente precandidato liberal Héctor Helí Rojas había encendido previamente los ánimos con un discurso veintejuliero, al que le siguió uno cínico, de Juan Manuel Corzo, quien se jactó, sonriendo, de que el allanamiento también ordenado a su casa no se hubiera podido adelantar “porque existen los milagros”. A nadie en el recinto de la democracia le dio vergüenza. Sólo a los que seguíamos las escenas por televisión.

Desde entonces, estos dos padres de la patria y el resto de los presentes esa agitada noche, no han dicho ni mu frente al resultado del anunciado atropello de la Corte: el hallazgo de $1.000 millones y US$13 mil en efectivo, así como de varios documentos en los que consta una larga lista de porcentajes de salarios con que debían pagarle al pobre atropellado Villamizar, los funcionarios que él hacía nombrar en cargos públicos asignados como sus cuotas por el glorioso Gobierno Nacional, al parecer, en agradecimiento al voto por la primera reelección.

Gutiérrez, protagonista de novela, tampoco siente la necesidad de rectificar sus afirmaciones. Está ocupada entre lidiar su pánico y la defensa política de su caso, una investigación que le abrió de forma preliminar la Corte por supuestas alianzas suyas con paramilitares de Cundinamarca. Pese a ser abogada, Gutiérrez no se ha interesado en desvirtuar jurídicamente las denuncias que la enredaron. Le juega, en cambio, al desprestigio de los jueces que conspirarían contra ella en una especie de gran cuerpo vengativo que tendría miembros judiciales (los magistrados), farcpolíticos y parapolíticos envidiosos (Piedad Córdoba y Rocío Arias) y enemigos personales (su ex marido).

Semejante trama ha sido apoyada hasta por el Presidente de la República que, contrario a lo que indican sus deberes legales y constitucionales, se puso del lado de su amiga y en contra de la justicia cuando dictó sentencia absolutoria con gesto de togado, señalando que la senadora es “seria y transparente”. Gutiérrez es política exitosa desde cuando tenía 25 años. Acababa de graduarse y ya era alcaldesa de pueblo. Hoy cuenta con 46 y jamás ha carecido de puesto oficial. Se entiende que se haya contaminado de mañas como las de grabar ilegalmente conversaciones para exhibirlas en prueba de rectitud. Pero es tiempo de que alguien le aconseje que lea los textos de códigos y leyes. Probablemente lograría más que con alharacas, llanto y montajes para difamar.

Buscar columnista