Por: Cartas de los lectores

Ser como Alejandra (que está en las alturas)

He conocido a muchas Alejandras Azcáratez en mi vida.

Con la ayuda de mi discriminómetro, he visto cómo con el paso de los años, en este país traquetizado y occidentalizado hasta la médula, cada vez se van refinando los síntomas neuróticos de una sociedad que cae en picada en el abismo infinito de la decadencia. Uno de mis primeros recuerdos fue en la casa de una tía, en un pueblo a más de ocho horas de Bogotá, en donde iba a pasar vacaciones cuando yo estaba todavía en el colegio. Una de mis primas era amiga de una niña, que actualmente me la topo de vez en cuando en las revistas, a quien la vida también la embistió, como de una u otra forma nos embiste a todos, gordos o flacos. Cualquier día me miró de soslayo, de arriba a abajo y me dijo con muequita discriminatoria: “Está gorda”. Gracias a mis reflejos tardíos, mi respuesta mental, después de rumiarlo, fue : “¿Y?”. Por supuesto que de ahí en adelante me cayó mal, pero tampoco como para frustrarme.

Años después, digamos hace 15 años, estaba en Madrid haciendo cola para entrar al Museo Thyssen Bornemisza. Delante nuestro había una pareja de amigos, y bueno, se alcanzaba a escuchar su diálogo; se trataba al parecer de una nueva pareja conocida por ellos, pero para la joven señorita, la otra dama no era digna del amigo porque “ella no es bonita”. Si para ser digna de amor ella tenía que ser bonita, entonces seguro que el cerebro humano está en regresión de nuevo hacia el cerebro reptílico.

Ni qué decir del colombiano que es el resultado de un mestizaje tan plural, arruga la nariz al hablar de los negros y de los indios, de los que son de la montaña.

Bueno, para rematar, en los últimos años las Alejandras domésticas hablando de algunas madres, o las Alejandras mediáticas, hablando de los medios de comunicación, todas fungiendo como agentes de esta gran Matrix, arremeten contra cualquier “anormalidad”, como son las figuras que amenazan salirse del molde y resultan propiciando conductas anoréxicas, niñas todavía bebés maquilladas y vestidas como modelos y reinas, mujeres y hombres buscando la nariz o las piernas o el cuerpo que es, de gente empepada para bajar de peso, para perder el apetito, para sentirse menos deprimido.

Lo bueno de todo es que Alejandra en nombre de sus pares tocó fondo y posiblemente sea la oportunidad para hacer un alto y sanearnos de una vez de las neurosis y los atavismos. Es hora de mirar hacia dentro y si adentro está vacío, mejor, porque reconoceremos al final que lo único necesario para la supervivencia como seres humanos, aquí abajo del Olimpo, es llenarnos de afecto. Se trata de ser “yo” pero contigo, que es cuando realmente soy pleno.

Ana María Mónica. Bogotá.

 

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