Por: Piedad Bonnett

Ser o parecer

EN UNA DE SUS ÚLTIMAS COLUMNAS, Mario Morales le reprocha a Juan Manuel Santos que no construya una imagen a la medida de su propuesta de ser “presidente de las regiones”.

Critica que no haya coherencia entre las políticas que propone y el entorno en que las enuncia. “Para hablar, por ejemplo, de la disminución de la pobreza, escogió, de manera miope, un conversatorio. Adivinen dónde. Sí, en la Casa de Nariño”. Y también sus pintas de chico play: “Ya va siendo hora de que el presidente se olvide del peinado, los maquillajes y los vestuarios de su afectada imagen publicitaria”. Y le pide que se baje del pedestal y se pase “de este lado de la calle, como si fuera de los nuestros”.

Los argumentos del columnista me llevan a reflexionar, más allá del caso puntual del presidente, sobre los estereotipos y los prejuicios generalizados. Comencemos por el caso aludido: no estoy para nada convencida de que la imagen de Santos sea producto de sus asesores. Él se viste como lo que es: un hombre de la alta sociedad bogotana, contagiado de modas de otras latitudes —nos gusten o no—, que cuida la apariencia y que se sale, buscando cierto aire de modernidad, del convencionalismo del atavío gris de los políticos. Sin que se trate aquí de defender al presidente desde tan frívolo ángulo, yo me pregunto: ¿Serían más convincentes sus anuncios sobre reducción de la pobreza si los hace desde un barrio popular de calles sin asfaltar o desde una escuelita recién restaurada? ¿Deja el ciudadano común de ver a Santos como un miembro de la “aristocracia” criolla si sale vestido de sudadera y tenis, o con un traje barato y sin gracia? La gente no es boba: recordemos las burlas que el mismo Santos suscitó cuando lo presentaron de pijama, dizque despertándose en una casa de vivienda popular. Teatro puro, nada convincente.

Pienso que hay más verdad y menos populismo en una persona que se asume como lo que es y no camufla, avergonzado, su clase social, que en el que trata de parecer otra cosa con el fin de seducir. El caso inverso al de Santos sería el del expresidente Mujica, del Uruguay, que no cambió ni sus atuendos ni sus costumbres de persona de origen sencillo. O el del papa Francisco, que quiere proyectar la imagen de una Iglesia pobre. Como se trata de mostrar actitudes humildes, me imagino que a Mario Morales no se le ocurre pensar que esto sea impostado o producto de sus asesores de imagen.

Los prejuicios de esta naturaleza, abundan: el primero, que todas las mujeres bonitas son brutas; para contrarrestarlo, algunas incurren en lo contrario, cultivando un cierto desaliño que creen habla bien de su intelecto; que ningún “comunista” —palabra con la que designan algunos a todo el que tenga un pensamiento de izquierda— debería vivir holgadamente, olvidando que muchos grandes revolucionarios han sido burgueses; que los escritores que viven fuera es porque están desinteresados de su país, que las mujeres poetas, por serlo, hacemos poesía erótica, y etcétera, etcétera. Todo un sartal de boberías.

ADENDA. Con la muerte de Carlos Gaviria pierde Colombia un jurista brillante, de auténtico talante liberal, y un hombre honesto, sensible y culto. Qué tristeza.

 

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