Por: Gustavo Páez Escobar

Serenidad y entereza

Si el sargento Rodrigo García Amaya no hubiera procedido con el aplomo que demostró al ser agredido por una turba de indígenas en el cerro Las Torres, en Toribío, habría podido causar una tragedia de incalculables consecuencias.

En esos momentos de tensión y provocación, cuando el país entero estaba pendiente de la conducta de los militares ante la notificación de los indígenas para que abandonaran el lugar, era cuando más se necesitaba ejercer un valiente equilibrio.

El momento no era nada fácil. Por el contrario, revestía riesgo extremo. El sargento García, comandante del Batallón de Montaña No. 8, de la Fuerza de Tarea Apolo, hubiera podido responder con las armas al ataque de la muchedumbre de indígenas que, cual una invasión de hormigas furiosas, subían por la montaña para desalojar de allí a los cien militares. Sobre los hombros del sargento (que en ese momento era un símbolo de la autoridad del país) caía toda la responsabilidad de la acción que se ejecutara, o dejara de ejecutarse por negligencia o miedo.

Una voz de mando para que la gente bajo su dirección se resistiera con las armas a la ofensiva de los exaltados indígenas, hubiera sido suficiente para no permitir la expulsión del cerro. ¿Pero a qué precio? Una cosa era estar preparado para el asalto ya anunciado, y otra mantener la serenidad necesaria para no incurrir en actos que pudieran prender el polvorín y producir una catástrofe.

El militar, por la misma índole de su misión, lleva en la sangre una serie de reflejos instantáneos que rechazan la cobardía o la indignidad, e incluso la indecisión en momentos cruciales que exigen una respuesta inmediata y acertada. Los códigos del honor y el valor son quizás los mayores factores que regulan la vida en la milicia. Tales códigos estaban en juego frente a la arremetida de los indígenas, que armados de palos y en algunos casos de machetes, irrumpían por todas partes, con ánimo destructor e insurgente, para tomarse la base en medio de gritos y empujones.

Se necesita tener nervios de acero para controlarse en ese estado de agresión, donde la cólera de los atacantes los hacía cometer toda suerte de desafueros contra las fuerzas del orden. Esos nervios de acero los tuvo el sargento García al preferir las humillaciones a cambio del mantenimiento de un clima propicio para buscar fórmulas de arreglo. Mayor espíritu de tolerancia no se podía dar en semejante trance.

Los indígenas la emprendieron contra él con saña mayor, por ser el comandante de la base. Lo dominaron, lo arrastraron y golpearon. Su sentido del honor estaba vapuleado por el desborde de la furia y la sinrazón de un tropel de indígenas que por primera vez acudía a esos actos de violencia, que ningún beneficio aportan para su causa.

El sargento, como hombre de honor –pero teniendo presente el bien de la patria–, no pudo evitar que las lágrimas brotaran de sus ojos. “No fue por rabia ni por temor –diría más tarde–. Fue por orgullo. Lloré porque no entendía cómo una comunidad a la que protejo y por la cual arriesgo mi vida me humillaba en esa forma y nos sacaba a mí y a mis hombres así”.

Hombre calmado, reflexivo y cauto, sin dejar de ser valiente, ha dado ejemplo de ecuanimidad en el buen ejercicio del mando. Del mando militar y del mando civil. Su valor consistió en saber manejar la adversidad. El conocido refrán “lo cortés no quita lo valiente” tiene cabal aplicación en su caso. Este acto de serenidad y entereza le otorga el título de héroe. Como tal lo proclamó el presidente Santos y lo ovacionó el Congreso de la República.

Por lo demás, los militares regresaron luego al cerro Las Torres, cubiertos de gloria y de la admiración de los colombianos. Hoy las conversaciones entre el Gobierno y los indígenas se adelantan en armonía. Ojalá de ellas salgan hechos positivos y duraderos, que resulten tan sabios como el proceder –creo que sin antecedentes– del sargento García.

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