Por: Juan David Zuloaga D.

Seres erráticos

Se publicó en el último número de Universitas Philosophica, revista de filosofía de la Universidad Javeriana, una entrevista que le realicé al profesor Luis Sáez Rueda a propósito de su última visita a Colombia.

 Invitado por la Universidad de San Buenaventura para impartir un curso del doctorado en la Facultad de Filosofía, dictó también sendas charlas en la Universidad El Bosque, la Universidad Libre y en la Universidad Pedagógica.

Luis Sáez Rueda, profesor de filosofía de la Universidad de Granada, es autor de, entre otros, Movimientos filosóficos actuales, esa historia de la filosofía del siglo XX; El conflicto entre continentales y analíticos, en el que estudia las divergencias y las coincidencias de cada una de estas dos tradiciones filosóficas (vamos, en aras de la brevedad, a llamar también «tradición» a la segunda); y de Ser errático, una ontología crítica del presente, como lo indica el subtítulo del libro.

Aparte de sus libros que tanto y tan bien nos enseñan —porque no sólo son encomiables su erudición, su lucidez y su claridad, sino su estilo—, en sus charlas Sáez Rueda recalcó la deriva en la que se encuentra Occidente, compendiando y glosando los resultados que el grupo de investigación sobre patologías sociales de la Universidad de Granada —que él mismo lideraba— había alcanzado.

No sólo un menosprecio y una incomprensión de la ontología, también un desarraigo de la existencia, que merma el sentido de las personas; una sociedad enferma, de cuyo suelo es más que difícil que broten frutos sanos. Pero hay más: una racionalización del mundo de la vida, que convierte todo lo existente en existencias, mero inventario, simple dato estadístico, y una ficcionalización de todo lo real. Un mero cambio cuantitativo y aparente que impide pensar y crear nuevos mundos.

Su reflexión nos invita, entonces, a inventar un advenir que se consolide en formas más felices, más plenas. Porque, como enseña en Ser errático, también el acontecimiento tiene una tónica cualitativa: sólo allí, nos dice, «donde el esplendor comprehensivo y la exuberancia de la fuerza concurren en un mismo acto tiene lugar la abundancia más alta: la excelencia». Una excelencia que se ha ido difuminando en nuestro tiempo y en nuestro mundo.

Por mi parte, puedo decir que también yo he estado investigando el problema de las patologías de civilización, y quizás se dé el momento para hablar sobre ello. Pero, mientras tanto, conviene avanzar que, como a las personas, a las sociedades las definen más sus vicios que sus virtudes, más sus pasiones que sus razones. Y a la nuestra, por ejemplo, la caracteriza más la envidia que el odio, y más el chisme que la maledicencia.

La visita en cuestión fue en septiembre del año pasado, pero los medios, ocupados en sus reinados y sus desfiles de imágenes insustanciales, entretenidos con el retrato de lo banal y con su regodeo en lo insustancial, como estaban, atareados en su encomio de la insignificancia y en su comentario de lo siempre igual, distraídos en su organización de su triste y siniestro vacío, no dieron cuenta del suceso. Bueno, he aquí esta columna, para que al menos quede la anécdota.

 

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