Por: Aura Lucía Mera

Seres humanos o animales

Manuel Teodoro, en sus programas de Séptimo Día sobre los enfermos mentales en las cárceles colombianas, y otro programa realizado por Antena Tres, televisión española, que logró entrevistar prisioneros españoles en cárceles de Brasil, Bolivia, Perú y Colombia, nos muestran esa tenebrosa realidad de miles y miles de seres humanos, hombres y mujeres abandonados, muchos de por vida, algunos sin ser juzgados jamás, otros inocentes que nunca tuvieron dinero ni abogados, condenados a vivir como animales en condiciones infrahumanas, desechados por la misma sociedad que en muchísimos casos los empujó a delinquir.

Mujeres jóvenes, acorraladas por la pobreza y la falta de oportunidades, que se dejaron seducir por traficantes y por ganarse un dinero prestaron sus cuerpos para transportar droga, sin pensar que ese viaje las llevaría al infierno del encierro tras las rejas, a vejaciones, a maltratos, a perder sus hijos y a la maldición eterna de ser rotuladas como mulas, abandonadas por los mismos que las convencieron de “esa oportunidad para vivir mejor”. Muchas de estas jóvenes tienen que parir en prisión, víctimas de violaciones o embarazos de padres desconocidos.

Hombres que duermen en corredores fétidos, unos encima de otros, teniendo que hacer sus necesidades fisiológicas en botellas o pedazos de papel, sin derecho a un colchón decente, a una ducha, a la más mínima intimidad.

Ya nos hemos acostumbrado a que los medios de comunicación denuncien una o dos veces al año en titulares las condiciones de las cárceles y el tratamiento infrahumano de los presos... Pero jamás se hace nada al respecto. Para la sociedad esos hombres y mujeres no existen, no tienen nombre ni apellido, sus historias no interesan, son simplemente “reclusos” de alta o mediana peligrosidad, sentenciados o condenados... Como ganado en vagones, rodeados de estiércol, olores, vejaciones y ultrajes.

Si son enfermos mentales, da igual; no existe tratamiento para ellos. Si llegan cuerdos, se van enloqueciendo paulatinamente, da igual... Las cárceles son la mejor escuela del crimen y la locura... El que llegó por haber hurtado un par de zapatos sale después de algunos años convertido en una bestia herida de desamor y dolor, con el alma llena de ira y rencor... Algunos prefieren volver a robar para que los regresen al único lugar que conocen: las rejas y la perversión... Allí por lo menos tienen comida, techo y compañeros. Afuera los esperan la calle, el estigma, el desempleo, el hambre y la soledad.

P.D. Los verdaderos delincuentes, aquellos de cuello blanco, empresarios, políticos, exministros, parlamentarios, en cambio, “gozan de buena salud”, comen, beben, manipulan, sobornan, mienten... Propongo que de vez en cuando se canjearan “reclusos” del montón, con aquellos de los “sitios especiales”. Otro gallo cantaría en Colombia y no precisamente el Gallo Capón.

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