Por: Juan Manuel Ospina

¿Cómo sería la política sin guerrilla?

En estos días post electorales, no es difícil debatirse entre el desengaño y la esperanza. El desengaño, porque se constata sin atenuantes que la política en su práctica y vivencia concreta, incorpora un componente prosaico de burda transacción donde pesan más el billete que las ideas, los intereses personales que esa bella abstracción que llamamos interés general. Y esperanza, porque más allá de la famosa mermelada, de las ciegas pasiones de muchos dirigentes que pretenden mirar la realidad a través de un espejo donde solo se ven a sí mismos, es posible valorar que el país sí tiene la capacidad de movilizarse, de expresarse con una voz que trasciende la pequeñez del quehacer político rutinario y de sus actores.

¿Qué hacer entonces para desenrollar la madeja política, en una coyuntura donde no ha ocurrido una revolución que rompa con lo existente, ni ha aparecido en el horizonte el líder carismático que con la sola fuerza de su persona sea capaz igualmente de hacer el rompimiento? Para entender el punto pensemos que la política tiene un espíritu, un mensaje que convoca y moviliza, y un cuerpo o armazón, para materializar ese mensaje y lograr el apoyo electoral. Pero si el espíritu se diluye, si pasa a un segundo lugar de importancia, si se pierde el compromiso con él , entonces el quehacer político queda reducido a táctica y mecánica electoral, sin estrategia ni propósito: La ausencia del espíritu de la política la suplen intereses chatamente clientelistas, que es lo habitual.

La pregunta, aún sin respuesta, es si los recientes resultados electorales permiten pensar que al cerrarse un periodo de la política, para darle nacimiento a otro, sin las Farc y el Eln como guerrillas activas, desaparece la razón de ser del Uribismo al tiempo que la izquierda democrática, satanizada durante el medio siglo de la acción armada, puede ocupar el puesto que le había sido arrebatado, secuestrado por las armas guerrilleras. Esos replanteamientos darían pie para que la política también se libere y con ello recupere su espíritu. En ese cambio estaría incluida no solo la izquierda sino un Centro democrático sin el discurso antisubversivo y obligaría a liberales y conservadores a revisarse y replantearse, pues lo claro es que no es posible regresar al viejo y gastado bipartidismo, pobre en propuestas pero aferrado al poder. Aunque la evolución de la situación es de pronóstico reservado, se avizora un futuro de alianzas, como expresión de las nuevas realidades políticas en gestación.

De inmediato se puede y se debe enfrentar el desafío de sanar y revitalizar al maltrecho cuerpo de la política, empezando por suprimir la reelección en todos los cargos, no solo el de Presidente de la República. Y acabar con la circunscripción nacional del Senado, auspiciadora del voto mercenario que se vende al mejor postor, donde Bogotá es un caso aberrante. E igualmente con el voto preferente que alimenta la hiperpersonalización de la política colombiana, una de las mayores en el mundo; solo entonces los partidos tendrán la necesidad, como condición de supervivencia, de organizarse y democratizarse para dejar de ser simples avaladores de candidatos y asumir su papel de principales actores de una política, entendida como tarea de equipo y no solo juego de individualidades.

El acuerdo político nacional debe privilegiar la expedición de un verdadero estatuto de la oposición para completar nuestro diseño constitucional. El juego limpio exige acabar con las campañas montadas en el derroche económico ¿Cómo? Haciéndolas austeras, completamente financiadas y apoyadas por el Estado – por ejemplo, con transporte gratis el día de elecciones y espacios subsidiados y equitativos en todos los medios masivos, nacionales y regionales -. Podría establecerse un “tributo o contribución electoral” para su financiación, que haría más transparentes, equitativos y participativos los procesos electorales nacionales y territoriales, al universalizar y democratizar la base de su financiación. El voto obligatorio - durante tres o cuatro ciclos electorales, mientras el país vive su transición política – es un inmejorable medio de aprendizaje de responsabilidad ciudadana, permitiría además generalizar la participación electoral y “ahogar a las maquinarias” con votos independientes. Hay mucho para discutir, acordar y ejecutar.

 

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