Por: Cristo García Tapia

Servidumbre y tiranía

Una, la servidumbre, bien podría predicarse que es el origen, la causa eficiente de la otra, de la tiranía.

De ese “embrujo”, “fascinación”, que “un millón de hombres esclavizados”, “con la cabeza bajo el yugo”, forzados a la obediencia, sienten y padecen por el “nombre de uno solo” que los esclaviza como tirano y somete a la crueldad y las rapiñas en su condición de individuo, que no por un ejército ni por una bandería, ¡sino por un solo hombre¡, exclamaba indignado, Étienne de La Boétie, en su Discurso de la servidumbre voluntaria, un opúsculo de entre 30 y 40 páginas, escrito a la edad de 18 años y publicado en 1576, que le deparó el respeto y admiración de Montaigne.

Una reflexión de carácter filosófico, político y sociológico sobre la libertad, en la cual el novel escritor y político francés se adentra en las razones y sentimientos, y sinrazones agrego, que tienen los hombres para someterse de manera voluntaria a un tirano; a la “obediencia voluntaria de los muchos al poderoso”, cuando, si se unieran, “si le dejasen de servir”, tendrían todas las posibilidades de destronarlo y aniquilarlo.

Y el tirano, ratifica de La Boétie, ya de este o del otro lado de la frontera, en el sur o en el norte, en Venezuela o Colombia, lo es por la voluntad de los pueblos que lo toleran, consienten y obedecen en olor de servidumbre; de sometimiento voluntario a un poder que no sería tal, si no le fuese conferido y sostenido, más que por un ejército, por los millones de súbditos que, bajo el arrobo del embrujo autoritario de un solo nombre, en Venezuela o en Colombia, el del tirano, de este o del otro lado de la frontera, los somete, gobierna y esclaviza políticamente, admite y tolera su yugo.

Como si la película de la historia de la tiranía estuviese de continuo filmándose en uno cualesquiera de estos países del mundo antiguo o medieval que volvimos a ser en la contemporaneidad, los tiranos de hoy, nuestros o vecinos, como los tiranos persas, griegos y romanos en sus tiempos, ostentan la misma e indeleble marca de identidad que signaba a aquellos de la antigüedad como depredadores sociales: son corruptos, ladrones, sanguinarios, arruinan y destruyen para obtener más servidumbre, para someter voluntades por millones, hombres, mujeres, jóvenes; para arrobar y encadenar con el poder letal de su embrujo autoritario; para erradicar de la naturaleza humana, del hombre, el sentimiento y la razón de libertad como bien supremo, derecho natural e imprescriptible.

No solo en la obediencia y la servidumbre a la que ha acostumbrado y sometido al pueblo, se sostiene, afirma y reproduce el poder esclavizante del tirano.

Hay una forma a la cual acude de manera permanente, bien conocida y practicada por nuestros tiranos criollos contemporáneos, los de acá y los de acullá: la devoción, una patología mística que eleva al tirano a la sacralidad y lo transmuta y proclama en sacrosanta, infalible, divinidad.

En dispensador de todo bien y don: de la vida y la riqueza, de las aguas, las dulces y saladas, las hidroeléctricas y las carreteras, los bosques, los cielos, la democracia, la seguridad, el infierno y la muerte para los de abajo y los de la otra orilla, la gloria para los del centro y los que están a la diestra del padre eterno, del glorioso y eterno redentor, el de acá o el de allá.

Si la tiranía, cualquiera se ella, la ejerce “un nombre”, “un hombre”, contra una nación, un pueblo, si el tirano existe, es porque esa nación, ese pueblo, “consiente en servirle”.

En rendir la voluntad de libertad a la servidumbre. La “voluntad de muchos al poderoso”.

* Poeta.

@CristoGarciaTap

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