Por: María Antonieta Solórzano

Servir es un acto revolucionario y espiritual

¿Tendremos la sabiduría suficiente para estar a la altura de esta misión? Al mirar nuestras fortalezas y debilidades parece claro que no la tenemos. Vivimos de manera incoherente, privilegiamos la información y la razón considerando debilidad y sentimentalismo guiarse por el corazón.

¿Tendremos la sabiduría suficiente para estar a la altura de esta misión? Al mirar nuestras fortalezas y debilidades parece claro que no la tenemos. Vivimos de manera incoherente, privilegiamos la información y la razón considerando debilidad y sentimentalismo guiarse por el corazón.

Al tiempo que desplegamos un gran desarrollo del conocimiento que nos permite investigar sofisticadamente el origen del universo, curar enfermedades desde el período neonatal estudiando el mapa genético o creamos fotocopiadoras de tercera dimensión, hemos protagonizado y justificado “racionalmente“ acciones abominables.

Hemos hecho de la historia de la humanidad el escenario de actos de dominación que sólo deberían darnos vergüenza, pero que justificamos desde las ideologías políticas o desde las preocupaciones económicas.

Acciones estas que van desde invadir, colonizar territorios y someter a sus habitantes, para apropiarnos de sus recursos, pasando por secuestrar seres humanos como si fueran mercancías para someterlos a ellos y a sus descendientes a condiciones de esclavitud e ignominia o durante siglos negar a las mujeres el derecho a la educación y a la autonomía hasta llegar a asesinar niños para apropiarnos de un terreno.

Somos testigos impotentes, abrumados y aterrados de actos cuya crueldad es infinita. Miramos con horror que una persona o una sociedad determinada sea capaz de semejantes atrocidades, pero con dificultad buscamos la relación entre esos actos y nuestra rabia, ambición, envidia o radicalidad cotidianas.

Sin embargo, estas emociones que aceptamos, sin fórmula de juicio, como normales, son el origen mismo de la aberración.

Estas emociones surgen en una estructura social que convierte el bienestar al que un ser humano tiene derecho, en un privilegio de unos pocos. Y, lo más delicado, esta prerrogativa se obtiene acumulando bienes y poder. Llegando, incluso a considerarse la exhibición del lujo como indicador del valor de un ser humano y de su familia.

Así las cosas, el ámbito de lo social y de lo público es la arena en la que el gladiador más ambicioso, el más sanguinario es el que tiene las mejores opciones de valer y sobrevivir. En este curioso “orden social“ tenemos que convertirnos en luchadores ambiciosos, en estrategas fríos para ser alguien, se torna un imperativo atrofiar la sensibilidad y la empatía. Nuestra esencia amorosa únicamente habita tímidamente en el mundo de lo privado.

Sólo cuando la conciencia amorosa y valiente nos lleve al acto revolucionario y espiritual de declarar que nuestro valor como seres humanos está únicamente determinado por nuestra capacidad de servir y de cuidar del otro, seremos capaces de preservar el planeta y el futuro de nuestros descendientes.

 

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