Por: William Ospina

Sesenta días

COMO SE SABE, EL SIGLO XXI COMENzó en Estados Unidos y comenzó con dos catástrofes: la elección de George Bush como presidente de la Unión y el atentado apocalíptico de Al Qaeda contra las Torres Gemelas, que convirtió en escombros, ante los ojos incrédulos de la humanidad, los símbolos más visibles del poderío de esa nación.

A partir de allí, todo anunciaba un siglo catastrófico, posiblemente peor que el siglo XX, cuyas dos guerras mundiales, hambrunas, pestes, contaminación y terrorismo, opulencia y miseria, parecían confirmar los peores vaticinios de la ciencia ficción: la ciudad infinita de Ballard, los cósmicos proletariados de Frederick Pohl, la manipulación de los pueblos y de las mentes que presagió Orwell, la paranoia y la psicosis como sistemas políticos, como lo entrevió en sus pesadillas Philip K. Dick.

La reacción de Bush y de su mafia de petroleros a los atentados de septiembre; la torpe y criminal guerra de Irak; la ruptura de la legalidad internacional; la prédica de la hegemonía absoluta de una superpotencia; la pretensión de John Bolton de acabar con las Naciones Unidas; la reinvención en Guantánamo de los campos de concentración; la obscena aprobación oficial de la tortura y de la infamia en las prisiones de Irak, de la que nuestro pintor Fernando Botero hizo una denuncia valerosa; el ahondamiento de la crisis con Irán y con Corea del Norte; la estúpida decisión de alzar muros físicos a lo largo de las fronteras de Israel y de México, para resolver con aislamiento los problemas de la incomunicación; la negativa a incluir la lucha contra el cambio climático en la agenda del país más contaminador y más poderoso del planeta; la fiesta de los millones de un sistema financiero irresponsable; el auge brutal de los que sólo gobiernan a bala y sólo en defensa del mercado; los gastos descomunales en guerra y en armamentos, todo parecía anunciar el comienzo del fin.

Nada de eso ha sido superado, pero las cosas que han ocurrido en los Estados Unidos en los últimos cinco meses, desde el memorable 4 de noviembre de 2008, no sólo han abierto una luz de esperanza para el mundo, sino que empiezan a alimentar la sospecha de que esa abrumadora acumulación de desastres no era tanto el comienzo del nuevo siglo cuanto el coletazo del anterior, las fiebres tercianas del neoliberalismo, los desplomes del unilateralismo, el hundimiento en la ilegalidad y la barbarie de un modelo ya sin argumentos.

A sólo sesenta días de la posesión de Barack Obama, el mundo parece respirar otros aires. Este presidente cuyo solo nombre, Barack Hussein Obama, parecía cerrarle todas las puertas hace ocho años, ha comenzado a gobernar con una energía y una eficacia que prometen ser históricas.

Ha ordenado el cierre de la prisión de Guantánamo; ha ordenado el retiro de las tropas invasoras de Irak; ha ordenado el equilibrio en los salarios para las mujeres; ha resuelto combatir a Al Qaeda no sólo mediante un nuevo sistema de alianzas internacionales, sino incluso ofreciendo un acercamiento a los talibanes moderados; ha hecho gestos de entendimiento con Irán y ha persistido en esa iniciativa a pesar de la formación de un gobierno de ultraderecha en Israel; está promoviendo con Rusia y con China la reducción de los arsenales nucleares; ha empezado a replantear la guerra al narcotráfico en términos de cooperación con México y de asumir la responsabilidad como país consumidor, y en ese contexto ha reconocido sin hipocresía y sin misterios que probó drogas en su juventud; ha discutido con la gran industria de vehículos los términos de la ayuda que requieren, mientras recomienda la exploración de energías alternativas; ha propuesto una inicial disminución de las emisiones de gases de efecto invernadero; ha aumentado la posibilidad de remesas a Cuba y ya se empieza a hablar de la posibilidad de viajes libres a la isla, lo que no dejará de traducirse en el fortalecimiento de otras opciones desde el interior; ha aceptado la indudable existencia de grandes bloques de poder en el mundo, entre los que ha mencionado expresamente a la Unión Europea, India y China, al mismo tiempo que habla de la necesidad de fortalecer a los países emergentes, con lo que ha dado comienzo a una nueva época de multilateralismo; ha hablado de “la restauración del prestigio norteamericano”; ha aprovechado su enorme y misteriosa popularidad en los Estados Unidos y en todo el mundo para liderar con discreción el enfrentamiento de la crisis mundial que precipitaron los propios Estados Unidos; ha enfrentado con severidad el tema de los altos salarios de los ejecutivos y ha participado eficazmente en la Cumbre del G-20 en Londres, para emprender la regulación del sistema financiero, en lo que ya la gran prensa internacional ha llamado “la fundación de un nuevo capitalismo prudente e igualitario”. En esa reunión Obama aceptó que se dijera que “ha muerto el Consenso de Washington”, ha hablado de su decisión de “actuar con humildad”, y hasta se ha permitido estar en la segunda fila en la foto oficial de los gobernantes reunidos.

Obama no produce un efecto de tensión: tanto él como su esposa Michelle combinan la elegancia con la sencillez y la amabilidad con el buen gusto. José Luis Rodríguez Zapatero, después de conocerlo, ha dicho que la primera impresión no puede ser mejor.

Es temprano para afirmar que el mundo esté mejorando, pero no habíamos visto en nuestro tiempo una cercanía mayor entre las propuestas formuladas y las iniciativas desplegadas.

Y estamos aún en los primeros cien días de su mandato.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de William Ospina

El regreso de la historia

Los vientos del Pacífico

Liborio: la voz de las montañas

Detrás de aquel rostro

Esta tierra donde es dulce la vida (III)