Por: Daniel García-Peña

Sesentaiún abriles

MAÑANA SE CUMPLE OTRO 9 DE abril, aquella fecha que partió la historia de Colombia en dos, como nos enseñaron desde chiquitos.

El magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán frustró durante décadas la esperanza del cambio social y político por la vía democrática en nuestro país. Pero el asesinato del líder político colombiano más importante del siglo XX fue sólo una parte del genocidio del movimiento gaitanista, que empezó al menos tres años antes y se profundizó en la década posterior.

Centenares de miles de hombres, mujeres y niños, la gran mayoría campesinos y trabajadores, fueron masacrados de manera sistemática a lo largo y ancho del país por la policía chulavita y los pájaros, los paramilitares de entonces, que operaron, ayer como hoy, en connivencia con el Estado. Crímenes masivos de lesa humanidad que siguen en la total impunidad, debido al perdón y olvido pactado por las oligarquías liberal y conservadora desde el Frente Nacional.

Pero por significativa que haya sido la muerte de Gaitán, lo más importante es que haya vivido. Mientras mucho se habla de su asesinato y del Bogotazo que éste desató, la historia oficial poco se refiere a su vida, su obra y su pensamiento. Su proyecto político, tanto por el contenido de avanzada como por su profundo arraigo popular, fue precursor de la izquierda democrática de hoy. Mucho antes que Chávez, Lula, Evo, et al, Gaitán ya estaba planteando la democracia directa, el socialismo y una política exterior basada en la soberanía y la integración latinoamericana.

Sin duda, su inminente triunfo electoral en 1950 hubiese significado un golpe contundente al monopolio que las oligarquías siempre han tenido sobre el poder y un salto cualitativo en el desarrollo de la democracia colombiana. Muy posiblemente, Colombia estaría hoy en paz y a la cabeza de los cambios en América Latina, no a la cola.

Por eso los mataron, a él y a sus seguidores. Y por eso, desde entonces, el afán de las roscas ancladas en el poder por olvidarlo y enterrar su pensamiento.

Fiel heredero de esa tradición, al proyecto uribista no le interesa que se recuerde la vida de Gaitán. Como lo escribió en 1997 Luis Carlos Restrepo, uno de los ideólogos del régimen, todos nos deberíamos convertir en “enterradores” de su memoria.

El gobierno de Uribe liquidó el instituto creado para honrar la obra de Gaitán y emprendió la persecución política contra su hija Gloria, desconociéndole incluso la propiedad legítima de la casa y bienes de su padre inmolado. Es triste e increíble que la Universidad Nacional se preste para semejante injusticia.

La Colombia actual es muy diferente a la de hace sesentaiún abriles. Pero por mucho que el conflicto armado colombiano haya sido deformado por el narcotráfico, sus raíces están allá en esa Violencia con “v” mayúscula. Mientras no seamos capaces como país de mirarnos con crudeza en el espejo del esclarecimiento histórico, será imposible superar nuestra guerra fratricida y desarrollarnos plenamente como nación democrática.

Por ello, más nos valdría conocer y recordar a Gaitán vivo y no seguir morboseando con su muerte.

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