Por: Klaus Ziegler

Sesgos y errores

"Errare humanum est", dijo alguna vez Séneca, y para muestra, nada mejor que la crítica desacertada que hice a la columna “Satanás”, de Fernando Gómez, por lo cual ofrezco disculpas al escritor y a todos mis lectores.

Son varias las razones que me llevaron a confundir el lenguaje irónico del columnista con las palabras de un fanático retrógrado, que si bien explican mi equivocación, no la disculpan. En primer lugar, debo reconocer que nunca conocí la versión impresa del original. Supe del artículo de Gómez por referencias de terceros, de quienes recibí una transcripción que al parecer proviene de la página de opinión del periódico El Tiempo.

No fui la única persona que se indignó tras abrir el vínculo para descubrir un artículo incitando a destruir la exposición de León Ferrari. Invito al lector a que compruebe por sí mismo que el primer párrafo del texto que allí figura no aparece entre comillas, una omisión que, en sentido estricto, convierte lo escrito en opinión del autor, y revierte la ironía.

Los tratados de preceptiva literaria definen la ironía como una figura re¬tórica que permite sugerir lo contrario de aquello que se dice. Advierten, sin embargo, que el uso críptico en exceso puede malograr el propósito, o incluso conseguir el fin contrario. La recomendación adquiere aún más importancia en nuestro tiempo cuando un artículo puede ser leído en internet por lectores que desconocen por completo el contexto, o la idiosincrasia del autor. En mi opinión, Gómez no tuvo en consideración este hecho, lo que en efecto indujo a más de un lector, entre los que se cuentan individuos con una sólida formación intelectual, a malinterpretar sus palabras. Un reconocido profesor de una de las principales universidades colombianas escribió: “He leído varias veces el artículo de Gómez y, al desgaire, podría admitir válida cualquiera de las dos lecturas acusadas: la literal y la irónica, unos aceptando la ironía, y otros no aceptándola […] siendo así que el artículo vale por cara y por sello según se lea”.

Sin embargo, era fácil evitar el equívoco sin dañar la ironía: bastaba encerrar el primer párrafo entre comillas, a manera de cita ficticia. Es verdad, no obstante, que aun con comillas el texto de Gómez resultaría tan bárbaro que sería casi imposible tomarlo en serio. Pero, como señalo en mi última columna, no es raro encontrar en la prensa colombiana cosas todavía peores, como la carta de un lector instigando a matar madres abortistas, sin que ello suscite la menor reacción. Sin embargo, quien sepa de antemano que el autor de “Satanás” no es precisamente José Galat, sino un joven columnista que conoce y escribe sobre arte –su espacio lleva por nombre “Feria del arte”–, hubiera adivinado de inmediato su intención de aprovechar la exposición de León Ferrari para burlarse de Ordoñez. De igual forma que cualquier lector familiarizado con Ziegler sabe que, con comillas o sin ellas, un comentario suyo elogiando a Ratzinger, o a Freud, no puede ser nada diferente de un sarcasmo.

El tercer ingrediente en esta cadena infortunada de eventos tiene que ver con los inevitables espejismos que se crean en nuestra mente cuando disponemos de información sesgada. Hay una gran diferencia entre la lectura desprevenida de un texto y aquella que se hace luego de haber sido advertido sobre las supuestas infamias del mismo, como ocurrió en mi caso, lo que me condujo a empuñar el bolígrafo en forma apresurada sin leer el último párrafo con debida atención. Fui víctima de aquello que los sicólogos llaman “sesgo de confirmación”, la tendencia natural a interpretar la información de tal manera que corrobore nuestras preconcepciones.

En las últimas décadas se han identificado y documentado un sinnúmero de esas trampas cognitivas. En un ejemplo clásico se propone el problema de un padre y su hijo que sufren un grave accidente automovilístico, en el que muere el padre, mientras que el hijo es trasladado de urgencia al hospital más cercano. Cuando el cirujano de turno se dispone a intervenir al herido, de súbito se detiene y exclama: “Soy incapaz de operar al paciente, pues se trata de mi hijo; ¿cómo se explica el enigma?

Muchos contestan que tal vez el hombre muerto en el accidente no era el verdadero padre, o que quizás el herido fue confundido con otra persona. La explicación más natural, que el cirujano de turno era la madre del herido, se nos escapa, debido a los estereotipos culturales que llevamos interiorizados, pues cuando se habla de un cirujano pocas veces se piensa en una mujer.

Si errar es humano, también es propio de nuestra naturaleza sacar partido de los tropiezos del oponente para acabar de hundirlo. No faltó quien aprovechara la oportunidad para desacreditar mi último escrito en su totalidad. Un lector alcanzó a escribir: “Ziegler gusta de criticar a (sic) las humanidades por básicamente `hablar carreta´, ¿esto que (sic) es?”.

Incluso un muchacho de escuela primaria razonaría con mejor lógica. Es evidente que el argumento central de mi última columna se aplica por igual a los muchos sectarios que hoy luchan por retroceder los logros constitucionales que garantizan la existencia de un Estado laico, y no gravita necesariamente alrededor de las palabras de Gómez, sino alrededor de la libertad de expresión y de la nefasta influencia del poder católico en la sociedad occidental.
A la sentencia de Séneca se le podría añadir otra igualmente cierta: “Est captu facilis turbata piscis in unda” (es fácil pescar en río revuelto).
 

 

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