Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez

Sexto mandamiento

El metroclable es la metáfora perfecta del progreso en Medellín: pasa por encima de la miseria.

Su línea J, por ejemplo, vuela sobre ranchos endebles, resguardados de la intemperie por vallas descoloridas de campañas políticas.

Con frecuencia, los habitantes de las grandes urbes “pecan” por desear la ciudad del prójimo. Y, claro, es fácil desear... cuando no hay convivencia de por medio.

Como canta Ovidio en El arte de amar: “Las espigas son siempre más fértiles en los sembrados que no nos pertenecen”.

Esta semana, el alcalde Aníbal Gaviria confirmó que Medellín será la sede del Foro Urbano Mundial —de nuevo, el evento “más importante de la historia de la ciudad”—. Al mismo tiempo fue divulgado el Informe de Inequidad Urbana en América Latina.

El estudio revela que, entre 18 países observados, Colombia es líder en inequidad urbana. Y Medellín, la campeona nacional.

Eduardo López, director de Investigación y Desarrollo de Capacidades (ONU Hábitat), analizó que en la capital de Antioquia “la oligarquía sigue detentando la economía en la región, entonces la riqueza no penetra los niveles más pobres”.

¿Los “cacaos” ya habrán tomado nota?

El mito de la raza, del orgullo paisa, nos impide reconocer nuestras dificultades y obrar en consecuencia. Medellín no crece únicamente a la medida del metro y la Milla de Oro...

Según la Escuela Nacional Sindical, tenemos una de las tasas más altas de desempleo en el país: 12,4% en 2012 (tres puntos más que Bogotá). La Personería registró 521 desapariciones y el Instituto Social de Vivienda y Hábitat 89 asentamientos humanos en zonas de alto riesgo. Y por si fuera poco, ¡en sus calles subastan la virginidad de niñas de diez años!

Medellín: la más “in-equitativa”.

Pero Bogotá no se queda atrás: la Universidad Nacional acaba de publicar la investigación Segregación socioeconómica en el espacio urbano de Bogotá, D.C., dirigida por el profesor Luis Alberto López, la cual señala que entre 2007 y 2011 aumentó la segregación en la capital. Ciudad Bolívar presenta el fenómeno de manera más acentuada.

Por mi parte, confieso que también he faltado al sexto mandamiento por “deseo urbano”: me embeleso con las casas inglesas de Bogotá, las esquinas de La Candelaria, la niebla fría en las madrugadas, los parques de barrio y los chicalás callejeros (Tecoma stans para el botánico; chirlobirlos, para el paisa de a pie), aunque no dejen alfombras de flores amarillas sobre las aceras...

A despecho de la obviedad, la mirada propia nunca es una medida competente. Mientras se siga trazando el destino de nuestras ciudades con base en la experiencia personal de una minoría (el poder, las élites), las cifras de inequidad seguirán disparadas. El hecho de que alguien esté bien no significa necesariamente que todos los demás lo estén: fiarse exclusivamente de la visión propia es un acto de exclusión.

Si en Medellín pecamos por exceso de apego al terruño, la maldición sabanera es el desprendimiento. En esencia, dos formas de la misma altanería.

 

Ana Cristina Restrepo Jiménez*

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Ana Cristina Restrepo Jiménez

¡Malditas matemáticas!

La Historia de los perdedores

Por debajo del pupitre

Aló, presidente

¿Qué callan los paisas?