Por: María Antonieta Solórzano

Sexualidad: ¿expansión o sumisión?

Un discípulo y su maestro tenían prohibido el contacto con las mujeres. A la orilla de un río se encontraron con una chica desnuda.

Ella les solicitó ayuda para pasar el río. El maestro la alzó, la pasó y la dejó. El discípulo, ocho horas después, molesto con el maestro, preguntó: “¿Porque cargaste a la mujer, si nos está prohibido? El maestro contestó: “Yo la solté hace ocho horas, tú todavía la cargas”.

En nuestras tradiciones culturales es difícil imaginar que las mujeres desnudas física, emocional, mental o espiritualmente puedan sentir que su situación desencadenará respeto por su integridad personal y cuidado por su libertad. Más bien, lo usual es que esa desnudez las convierta en objetos de actos de dominio y poder.

Sucede que, en cualquier calle de Bogotá, una mujer puede ser violada y apuñalada por su novio, en cualquier establecimiento escolar un profesor puede estar abusando sexualmente de las niñas y, más grave aún, en cualquier núcleo familiar, un abuelo o un padrastro pueden ser perpetradores de un incesto.

Esta situación traumática que los hombres no protestan y las mujeres dolorosamente callan, las convierte en víctimas en todo el sentido de la palabra. Ellas, desde el punto de vista neurológico, se paralizan frente al peligro y alteran sus posibilidades de disfrutar la intimidad y, desde el punto de vista emocional y espiritual, se fractura la confianza de que la familia y la sociedad puedan cumplir con la tarea de contener y proteger la vulnerabilidad inherente al ser humano.

Esto nos impele a trasformar las creencias y las prácticas que han hecho de la sexualidad un acto de poder y de dominación. Y, en cambio, crear uno que devuelva a la sexualidad su esencia, la de ser su núcleo de la vida de pareja, la de abrir las puertas de la conciencia de unidad.

En un escenario así, la sexualidad consentida entre dos seres libres sucede cuando la mujer es un interlocutor legítimo de la intimidad y el hombre un ser capaz de integrar el deseo con el amor y la sabiduría, para que ambos puedan fundirse en una acto placentero y creativo que los expande y los conecta con el todo,

Cuando cualquier mujer desnuda, a la orilla de un río o de una calle, pueda ser acompañada por un hombre que, como el maestro, no la toque y no tenga pretensiones de poder sobre ella y la sexualidad sea consentida, libre y placentera, la vida de pareja y la familia podrán ocupar su verdadero lugar en la construcción de una sociedad amorosa que honre el camino interior y la humanidad despertará a la conciencia de unidad.

*MARÍA ANTONIETA SOLÓRZANO

Buscar columnista