Por: Columnista invitado

Por qué sí al sí

 
Por: Carlos Uribe Celis*
 
El 27 de noviembre de 1820 en Santana, región de Trujillo en Venezuela, el General Pablo Morillo, Marqués y Conde y capitán General de Venezuela desde 1814, firmó la paz. Una paz pequeña llamada armisticio, con el General Bolívar, jefe de la insurrección del norte de Suramérica desde 1812. 
 
Cuando poco tiempo antes de ese evento, Morillo recibió instrucciones de negociar y hacer la paz con los insurrectos, dijo: “Se han vuelto locos en Madrid […] Obedeceré pero desde ahora no hay que contar con la sumisión de estas provincias” (Gerard Masur). 
 
Bolívar para Morillo era no solo “el primer corifeo de la revolución, el sedicioso y sanguinario Bolívar” (memorias de Morillo), siendo sus hombres, los de Bolívar: “hombres detestables, pérfidos y devorados por la ambición”, empeñados en “una guerra sacrílega, sostenida para el interés de algunos miserables que quieren dominaros”, sino que en su mismo aspecto físico Bolívar le resultaba indigno y despreciable: Cuando Bolívar se acercaba a Santana con su comitiva, Morillo preguntó  cuál del grupo era Bolívar. Al señalárselo, consternado Morillo replicó: “¿Ese hombrecito de casaca azul y sombrero de campaña que viene en mula? ¿Ese es Bolívar?” Y bien, fue con ese hombrecito, capataz de aquellos “detestables” y “pérfidos” con los que Morillo acabó negociando la paz.
 
Hoy, el Gobierno de Colombia, que representa al pueblo, está a punto de concluir una “paz” con la guerrilla de las Farc y se ha planteado un plebiscito refrendatorio. Hay enemigos de este proceso y estos se hallan en campaña para rechazar la negociación y la “paz” con un voto negativo: “No” a los acuerdos, proclaman. Sus razones son de dos clases: manifiestas o expresas y latentes u ocultas. Las que se conocen dicen que las Farc son un conjunto de facinerosos, una cabila de matones, narcotraficantes que han victimizado al país durante medio siglo, criminales de actos de lesa humanidad y que no merecen ser objeto de concesión ninguna ni parte activa de negociación posible. 
 
Las razones latentes tienen que ver con la oposición al gobierno actual que los enemigos de los acuerdos reputan como traidor (a los que defienden el No) por adelantar políticas contrarias a sus intereses y porque este gobierno y estas políticas deben ser abatidos y sustituidos por la política que se considera atacada y traicionada.
 
Y bien, las Farc se embarcaron hace más de 50 años en una guerra contra el establecimiento y contra el sistema que financiaron primero con la expropiación de los campesinos y los terratenientes, luego con el narcotráfico y después con el secuestro de ciudadanos con fines económicos. 
 
En otra coyuntura histórica esta guerra podía haberse pagado con dinero y armas de otros Estados enemigos o cómplices, así como en la guerra de Bolívar, Inglaterra proveyó de armas y ejércitos a los rebeldes, que ya recurrían a la expropiación violenta de todos los habitantes y a la masacre de poblaciones enteras no solo de los enemigos (realistas) a través de la “Guerra a Muerte” bolivariana (que prometió matar a todos los españoles criollos -y en gran parte lo hizo-) sino de los esclavos, indios, pardos y mestizos. 
 
Las guerras son atroces, no hay ninguna excepción, todas implican crímenes de lesa humanidad: la guerra de Irak igual que la “Guerra a Muerte” bolivariana. Precisamente por eso ninguna guerra se justifica y apoyar la guerra en cambio de las propuestas de paz –dondequiera que surjan- es la desgracia de un pueblo.
 
Los enemigos de la paz aquí y ahora reclaman justicia. Justicia aquí es un eufemismo para la venganza, sobre todo en culturas vengativas como la colombiana, siendo la Violencia de los años 50 una prueba de esta condición. Un diplomático chileno que analizaba a los colombianos en el siglo XIX decía que los colombianos eran “enfáticos”, es decir, que sus discusiones eran apasionadas, exaltadas y vociferantes. Habría que añadir que esta cultura es igualmente vengativa y muy ajena a esa otra inimaginable y tal vez impracticable recomendación de Jesús en los Evangelios: Si te abofetean presenta lo otra mejilla, si en el asalto te despojan de la túnica dales también la capa (Mt 5:38-40) (al revés sería más lógico: la túnica de último). 
 
Nuestros enemigos de la “paz” postulan que las Farc no pueden salir orondos, olímpicos, del proceso, sin recibir la misma moneda o el mismo trato que ellos propinaron en su guerra: robaron, deben, por tanto, ser despojados de riqueza y de armas. Mataron, deben, por tanto, ser muertos.  Desplazaron, deben, por tanto, ser desplazados y desterrados, etc., etc.
 
En el hilo de este imaginario las Farc están incólumes. Pero hay que saber, en cambio, que en esta guerra de 50 años la mayor parte de los jefes guerrilleros y de sus ejércitos han sido muertos violentamente, han sido heridos, han sido desplazados de grado o por fuerza. Los sobrevivientes con los que se negocia son una proporción muy reducida de todos los combatientes de cinco décadas, que ya recibieron exactamente el castigo que los abogados del ‘No’ reclaman.
 
En este breve texto he escrito el vocablo “paz” entre comillas de una manera deliberada. Pienso que esta “paz” no es el advenimiento del ‘Reino de Dios’ ni la ‘Tierra Prometida’ ni el regreso triunfal de Ulises a Itaca para disfrutar del sosiego hogareño en compañía de su fiel mujer Penélope, de su hijo valiente Telémaco y de su querido perro mascota Argos. 
 
Esta “paz” es sólo el comienzo –esto también es un sueño- de un país desembarazado de algunos karmas de su historia reciente: llámense Farc, atraso, Pablo Escobar, premodernidad y miseria. 
 
El Papa de Roma, Obama, los gobiernos europeos, todos los gobiernos latinoamericanos de derecha y de izquierda, los obispos colombianos y algunos de mis vecinos y vecinas la apoyan sin restricciones. ¿Serán todos estos un despreciable elenco de perversos o una secta irredimible de equivocados o desquiciados? Para esta pregunta, por si acaso, la respuesta que espero es ¡No!, para el plebiscito le apuesto a un rotundo Sí.
 
 
*Profesor titular, Universidad Nacional de Colombia 
 
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