Por: Esteban Carlos Mejía

Si Celia se pudre, la sal se corrompe

VOY A COMER CON MI AMIGA ISABEL Barragán a un restaurante peruano en Villagrande, a la entrada de Envigado.

No la describo para ahorrarme dolores de cabeza. Está como quiere estar, eso sí. Celebramos el solsticio de verano, embeleco de última hora. Pedimos cebiche de pescado, lomo saltado, arroz chaufa y carapulcra. Para compartir, obvio. En la mesa de al lado, tres hermanas cotillean sobre los achaques de sus padres. Isabel las oye y quiere intervenir, altanera o caritativa. A duras penas logro contenerla. “Háblame más bien de lo que estás leyendo”.

“Estoy con Celia se pudre, de Héctor Rojas Herazo”, dice. “Una novela oceánica, 1.002 páginas en la edición del Ministerio de Cultura, abril de 1998. Casi dos millones de caracteres, lo más anti Twitter del mundo. Lástima que sea tan cortica”. Se ríe con ganas. “Y llena de fantasmas, escatologías, lujurias. No apta para lectores perezosos, facebookianos enfermizos y foristas analfabetas”. Vuelve a reírse. “Es el final de la saga de Cedrón”. “¿Cedrón?”. “Cedrón es trasunto de Tolú”. “¿Trasunto?”.  “Trasunto: imitación o representación de algo”. Revuelve el pisco sour, insidiosa: “Tolú...”. “Ah, no, a Tolú sí lo conozco”, digo, sin medir las consecuencias. “El camellón, los taxi-triciclos, los picós”. “Lo obvio”. Agacho la cabeza: con esta mujer es mejor arrodillarse que morir de pie.

Me cuenta de las novelas de Cedrón. Primero fue Respirando el verano, en 1962. Cinco años después apareció En noviembre llega el arzobispo, Premio Nacional de Novela Esso, de la cual se vendieron más de 50.000 ejemplares, en un país menos populoso pero igual de iletrado. “Hubo polémica, la lívida envidia que no falta”, dice. “Los capitalinos la denostaron por provinciana y los provincianos por pretenciosa, los gramáticos se indignaron, los obispos la anatematizaron y los historiadores se burlaron. Una gran novela, pues”.

Celia se pudre salió en 1986. “Oceánica, ya te dije”. “¿Y la trama?”, digo. “Ni complicada ni trivial. Secundaria ante la potencia del lenguaje”. El pisco sour quema la lengua. “Es y no es barroco”, dice. “Es y no es realismo mágico. Con maestría narra una orgía o un aquelarre”. Isabel prueba el lomo, pellizca la carapulcra. “Invenciona palabras”. “¿Invenciona?”. “Cubrifulgurando, mutuochupables, baboblanduzca, carimbambeo, vascuencias. No tienen pierde”. Atacamos la causa y el arroz. Me habla de los personajes. “Enamoran sus peripecias, entre oníricas y ultraterrenas, en un tiempo palpable, elíptico, hipnotizador”. Suspira: “Tiene el ritmo de Cuatro años a bordo de mí mismo, de Zalamea Borda, o de alguna de las novelas de Mutis, La mansión de Araucaíma quizás. Y la poesía de La casa grande, de Cepeda Samudio, y eso que la quintuplica o sextuplica en extensión”. “¿Otro pisco o qué?”, digo, y brindamos por Rojas Herazo, solsticio de verano de la literatura colombiana.

Rabito de paja: “Sobre el fondo oscuro de un capitalismo obediente a la ley de acumular más y más, la pobre flor de las ideas está condenada a una vida precaria por falta del humus indispensable”. Gerardo Molina, 1977.

Rabillo de paja: Por ponerse a cuidar los huevitos podridos de Uribe, a Santos se le van a descarrilar las locomotoras. Esperen y verán.

 

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