Por: Columnista invitado EE

Si Colombia lee, los políticos tiemblan

Por: Farouk Caballero

Hay muchos protagonistas que ya, en lo poco que va de 2020, han dicho presente en Colombia. Mario Hernández hizo pública su maquiavélica ignorancia vía Twitter, Uribe gritó incoherencias en la playa y firmó su imagen de gamonal decadente, los líderes sociales siguen pidiendo protección y los terroríficos paramilitares siguen amenazando a los más golpeados por la crueldad del narcotráfico, como en Bojayá. Parece ser que el año solo cambió en lo estrictamente numérico, porque nuestros males crónicos nos condenan a un panorama desalentador en el plazo inmediato.

Sin embargo, la esperanza, a mediano plazo, ha surgido en las palabras, en los párrafos que esas palabras construyen, en las páginas que esos párrafos tejen y que se transforman en libros que cada vez llegan más a las viviendas y a las mentes de los colombianos. Por eso, creo que el libro será el protagonista más importante del 2020 en Colombia.       

Sí, los libros siguen condenados a ser un bien exclusivo para aquel que gane más del salario mínimo, pero así cuesten mucho, son cada vez más los colombianos que prefieren invertir su dinero en un libro y no en una cena o una botella. Sentir que los libros son bienes de primera necesidad para la salud mental, política e histórica de cualquier pueblo es un paso gigantesco. Por eso, hay que festejar y apoyar que en Colombia cada vez se lee más, se tiene más acceso a los libros y eso sí que debe llenarnos de esperanza. Porque un pueblo que lee se transforma en una nación con conciencia crítica que adquiere la potestad del control político desde el pensamiento y eso es lo más peligroso para los políticos mafiosos y mentirosos que masacran, literal e históricamente, a sus compatriotas con la finalidad de perpetuarse en el poder, de llenar sus arcas y de asegurar, con dineros sucios, el futuro de sus herederos.

La industria de la imprenta se ha consolidado de una forma cada vez más masiva en la cotidianidad de los colombianos. "Siquiera tenemos las palabras" escribió el exministro y hoy rector de la Universidad de los Andes, Alejandro Gaviria. Y es cierto, Colombia después de muchos esfuerzos, según el Dane, lee más libros que antes y ese resultado nos pone en el camino para ser un país más autocrítico desde la palabra pensada, escrita y leída.

Otra victoria del libro está en su transformación en un regalo cada vez más pedido. Hoy ya se regalan libros de navidad, de reyes, de cumpleaños, de aniversarios, de amigo secreto, etc. En cualquier momento el libro es un regalo indicado y agradecido, porque al regalar un libro materialmente se regala conciencia histórica. Por todo lo anterior, 2020 será el año del libro en Colombia, porque el libro salió de las aulas de clase. Antes se pensaba que solo los estudiantes, bachilleres o universitarios, eran los lectores, ya no. Y para decirlo en lenguaje universitario, el libro no tiene ninguna materia como prerrequisito.

La lectura, si bien no es totalmente democrática por los altos costos de los libros, sí es para todos en la medida en que día a día el libro gana más espacios para facilitar su divulgación. Fuera de las promociones de librerías, de nuevos y usados, y de las bibliotecas, los eventos alrededor del libro cada año crecen más. Hijas de la Filbo ya hay muchas ferias del libro en el país, Libraq en Barranquilla, la Feria Latinoamericana del Libro en Cartagena, la FilSMar en Santa Marta, Ulibro en Bucaramanga, la Fiesta del Libro y la Cultura en Medellín, la Feria Internacional del Libro en Cali, entre otras muchas, año a año crecen para decirle a los colombianos de todos los estratos que, así como cada casa tiene un televisor y al menos dos celulares, también debe tener una biblioteca.

Los arquitectos e ingenieros ya diseñan y construyen conscientes de que las viviendas deben tener un espacio para la biblioteca que está más allá del simple adorno. Ese es el camino de la libertad de pensamiento, porque la biblioteca era para el eterno Jorge Luis Borges el mismo Paraíso. Lo mismo decía nuestro intelectual colombiano nacido en Sopetrán (Antioquia) Carlos Gaviria Díaz, para él su biblioteca era su vida. Por eso, siempre entre amigos, con whisky de malta y un tango de fondo, afirmaba: “Yo soy mi biblioteca”.   

Ya cesó el tiempo inquisidor en el que curas, como el mismo Bergoglio, masacraban bibliotecas para hacerle un favor a la dictadura. Incluso, un conocido de nuestra patria, Alejandro Ordóñez, quemaba libros al mejor estilo nazi y en nombre de la virgen María y de la iglesia católica. Ambos trataron, sin éxito, de exterminar a Marx, Engels, Weber, Nietzsche, entre otros, pero los libros siempre encuentran el camino, porque como otorgan libertad, así sea con vela y de manera clandestina, se leen. Sin embargo, nosotros ya podemos tenerlos a mano y créanme que cuanto más se lee, menos uribista se es, pero también menos petrista o fajardista o charista, porque la lectura nutre el conocimiento y conocer permite evaluar cada discurso acomodado de los mandatarios de turno.

La lectura le otorga conciencia crítica a la ciudadanía y una ciudadanía crítica puede comprender algo sencillo, pero que en Colombia pareciera condenado a lo imposible: el pensamiento crítico no tiene color político. En otras palabras, leer me permite criticar a Petro y no por eso deben matricularme en las feligresías de Uribe, de Fajardo o de Char. Eso es lo más importante de la lectura, porque un pueblo que se eduque, más allá de que no votaría jamás por Duque, tiene la obligación de criticar con argumentos los errores grosos de las formas y proyectos políticos de los candidatos.

Si usted lee, tiene las herramientas históricas y políticas para señalar los errores de la izquierda, de la derecha y del centro sin que eso lo inscriba en las filas de ninguna de ellas. Es decir, sin ser mamerto, sin ser tibio y sin ser de extrema derecha, puede criticar a los mamertos, a los tibios y a los de extrema derecha bajo el amparo de quien será el personaje más importante del 2020 en Colombia: el libro.

@faroukcaballero

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