Por: Columnista invitado EE

Si el Estado no llega la violencia sí

La falta de presencia del Estado ha sido una de las principales razones en las dinámicas de violencia en el país y cada espacio de vacío de poder que deja el Estado es ocupado por algún grupo armado, que bajo lógicas de sangre y fuego crearon una figura “Para estatal ”, controlando el territorio, la tributación, la justicia y la pena de muerte y el desplazamiento son la constante.

Hoy se han creado dos escenarios definidos, el primero es que a falta de la presencia institucional llegaron nuevos grupos armados ejerciendo poder, control territorial y violencia, y un segundo escenario donde existe un espacio vacío generando la incertidumbre de quien lo ocupará primero, si la institucionalidad o la delincuencia.

Un ejemplo del primer escenario son las zonas de frontera donde grupos como Los Pelusos, Los Puntilleros, Clan del golfo, Oliver Sinisterra, Guerrillas Unidas del Pacifico, los Caparrapos, y el Eln entre otros, se disputan las rentas y el control de portafolios de economías ilegales como el narcotráfico, la minería ilegal, tráfico de combustible, entre otros. El segundo escenario de incertidumbre a manera de ejemplo es el famoso “Cañón de las Hermosas” en el sur del Tolima, reconocido como la retaguardia estratégica de las Farc, ya que era el corredor de movilidad entre el sur del Tolima, Valle, y norte del Cauca, esta región era tan importante que allí se encontraba el campamento de su máximo comandante Alfonso Cano.

Las Farc en estos territorios no solo tenían poder armado, sino que administraban la justicia  y toda controversia sobre cualquier tema era resuelta por ellos, desde desacuerdos por linderos de fincas, herencias y hasta problemas conyugales era definidos por lo que los campesinos coloquialmente y a manera de broma llamaban la Fiscalía 21, refiriéndose al Frente 21 de las Farc que operaba en esta zona.  Asesinaron campesinos inocentes por centenares, todos bajo los argumentos de ser “sapos del Estado” y auxiliadores del ejército. En la región estaba prohibido el uso de celulares y si alguien tenía uno era suficiente argumento para ejecutarlo, así fuera por simple sospecha.

En entrevistas realizadas por el Centro de Estudios en Seguridad y Paz a los campesinos de la región, estos afirmaron: “Cuando las FARC citaban a las comunidades de las diferentes veredas de las hermosas para una reunión, no era ni siquiera para explicar su concepto de la revolución o sus planes políticos, era solamente para amedrantar y amenazar a la gente con la paranoia de que había sapos y  que se estaba ayudando al ejército, aquí el comandante guerrillero aseguraba y desaseguraba el fusil frente a la mirada impotente de toda la comunidad, ese era su principal argumento”. Los peores verdugos fueron los milicianos quienes, aprovechando su credibilidad ante los comandantes entregaban información falsa, que muchas veces eran simples rumores o ajustando sus propias cuentas con alguien, por una rencilla personal o hasta por líos pasionales.

La realidad hoy es otra, luego de la firma de los acuerdos de la Habana, por primera vez en 20 años la violencia bajo a punto cero, ya no se habla de muertos, milicianos, ni comandantes, pero ni aun así con otro panorama el Estado ha llegado y gradualmente las dificultades en seguridad comienzan a aparecer. El problema mutó, la comunidad manifiesta que no hay presencia constante del Ejercito ni de la policía en la zona, hecho que ha permitido que la delincuencia común empiece a operar lentamente, presentándose los primeros robos a fincas y existiendo un aumento importante de consumo de drogas (en especial de bazuco) en las zonas rurales, hechos que nunca se había presentado  ya que la guerrilla tenía pleno control armado de la zona y ejecutaban a quien robara o fuera expendedor de microtrafico.  Por otra parte, se está dando un efecto globo, si bien la violencia en las zonas rurales disminuyó de forma importante, en las zonas urbanas ha ido en aumento. Se han formado los famosos “combos” que son grupos delincuenciales en algunos casos compuestos por ex milicianos que ejercen control territorial, crean fronteras invisibles y administran el micro tráfico y la micro extorsión.

El gran reto hoy es lograr que el Estado colombiano asuma las riendas de las zonas rurales, en primer lugar, en términos de seguridad haciendo un acompañamiento constante  no solo de las fuerzas militares, sino la necesidad de pensar y hacer efectiva la policía rural, como frente de seguridad permanente en las regiones más vulnerables y dos, que el estado aplique la lógica de no solo tener el clásico control militar de área, sino que se pase al control institucional, que permita  generar  progreso para las regiones a través de la construcción de carreteras , reforma agraria, sistema de salud, educación, acceso a vivienda y justicia real.

Los espacios vacíos no perdonan y es hora de saber si este gobierno es capaz de ocuparlos o comenzaremos una nueva espiral de la violencia en Colombia.

 

* Por: Néstor Rosanía, director del Centro de Estudios en Seguridad y Paz

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