Por: Héctor Abad Faciolince

Si Francia cayera

Si es verdad que la guerra -según la célebre síntesis de von Clausewitz— es la continuación de la política por otros medios, entonces también debe ser verdad que la política es el arte de prevenir la guerra por medios no violentos. Los triunfos de la derecha nacionalista en el infausto año de 2016 (brexit, No, Trump, etc.), le dieron espacio a un tipo de política que usa el típico tono patriótico y paranoico de “nosotros contra los otros”, el cual se parece mucho a una anticipación verbal de la guerra. La Unión Europea, que surgió como la más brillante y eficaz idea política de prevención de las sistemáticas guerras europeas de toda la historia, está siendo amenazada por una especie de nostalgia de la violencia, por una tentación de regreso al abismo de la irracionalidad y la fuerza bruta.

En Francia la representante suprema de este nacionalismo vulgar y ancestral, racista, emotivo y exasperante, es la señora Marine Le Pen, del Frente Nacional. Ella usa, como Trump, el miedo, la alarma y la mentira para tratar de convencer a esa parte del electorado francés que, sin ser de extrema derecha, tampoco siente ningún afecto por la democracia liberal. De hecho muchos votantes de la extrema izquierda chavista (representada en la primera vuelta de las elecciones por Mélenchon) prefieren abstenerse, o votar por Le Pen, que dar el voto a “un banquero”. Macron habrá trabajado en un banco (que no es un burdel ni una fábrica de armas ni un campo de concentración), pero es sobre todo el candidato de centro que sacó más votos en la primera vuelta y la última esperanza de que Francia no caiga en manos del nacionalismo extremista.

En esta última semana antes de las elecciones de hoy domingo, Macron ha recibido dos apoyos internacionales muy interesantes. El primero es completo y sin salvedades, y le llega de parte del expresidente Barack Obama. Según Obama, que antes de dejar la Casa Blanca advirtió que solo haría intervenciones públicas cuando estuvieran en juego “los valores centrales” del liberalismo, Macron debería ser apoyado porque “apela a las esperanzas del pueblo francés, y no a sus miedos”. Para Obama, que advierte no querer meterse en muchas elecciones, lo que ocurra en Francia tendrá implicaciones no solo en Francia, sino en toda Europa y en el mundo entero.

El segundo apoyo, mucho más matizado, le llega de la parte menos insensata de la izquierda griega, representada por el economista Yanis Varoufakis, ministro de Finanzas en el primer gabinete de Tsipras, y a quien le tocó negociar la parte más álgida de la crisis en Grecia. Para Varoufakis, la izquierda europea hoy se enfrenta a un dilema parecido al de los años 40 del siglo XX: en ese entonces, con tal de no votar por el “establishment”, la izquierda permitió que los fascistas y racistas subieran al poder y empezaran a controlar el aparato militar y policial del Estado (el monopolio de las armas), con las consecuencias nefastas que se vieron entonces y que empiezan a verse también en Estados Unidos. Si bien Varoufakis detesta las recetas económicas del liberalismo europeo (y las culpa del ascenso de gente como Le Pen), recuerda que durante las negociaciones de Grecia con la Troika, Macron fue incluso más flexible que los socialdemócratas.

Según el griego, Macron trató de convencer a Hollande de no asfixiar a Grecia. Y además le escribió: “No quisiera que mi generación fuera la responsable de la salida de Grecia de Europa”. Ahora Varoufakis le devuelve el favor con una frase muy parecida: “Y también me rehúso a ser parte de una generación de izquierdistas que permitieron la llegada de alguien racista y fascista a la Presidencia de Francia”. Si el antídoto para no repetir los mismos errores consiste en conocer la historia de los países, en este apoyo nos damos cuenta de que Varoufakis al menos conoce bien la triste historia de cuando la izquierda europea permitió que Hitler llegara al poder, con tal de no apoyar a los partidos moderados.

 

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