Por: María Elvira Samper

Si hay duda, hay libertad

Quiero volver sobre el debate del aborto, porque los congresistas que impulsan el proyecto para recriminalizarlo en los tres casos que despenalizó la Corte Constitucional están legislando de espaldas a la realidad social y a los problemas de las mujeres, y en contravía de derechos fundamentales consagrados en la Constitución.

Aferrados a una posición extrema, deliberadamente pasan por alto que la sentencia de la Corte no da patente de corso para abortar porque exige autorizacion médica, y quieren imponer como verdad universal y absoluta una que no lo es: que la vida humana empieza desde el momento mismo de la concepción. El debate filosófico y teológico sobre este complejo asunto ha estado ausente.

Muchos católicos creen, erradamente, que la posición que los legisladores defienden es la de toda la Iglesia y que es única e infalible. Ignoran que la doctrina no ha sido siempre la misma y que no existe una tradición clara y permanente que considere el aborto como homicidio.

Hasta 1869, la doctrina predominante es la llamada hominización tardía, según la cual hasta el tercer mes de embarazo el embrión es inanimatus (sin alma) y es abortable, y de ahí en adelante el feto es animatus (dotado de alma). En 1930, Pío XI, en la encíclica Casti Connubi elimina la distinción: dice que las vidas de la madre y el feto “son igualmente sagradas” y prohíbe el aborto bajo cualquier circunstancia, incluso si no hacerlo significaba la muerte de la madre y el feto. Veinte años más tarde, acogiendo el argumento de sectores moderados que consideraban que no es lo mismo un embrión, aún poco diferenciado de la madre, que un feto ya formado con posibilidad de autonomía, Pío XII autoriza la interrupción del embarazo para salvar a la madre. Pero después de la muerte de Juan XIII, y como reacción contra el Concilio Vaticano II que, al abrir las puertas al diálogo con otras Iglesias, rompió con la idea de una verdad absoluta, Pablo VI en la encíclica Humanae Vitae, da un reversazo y dice que la interrupción del embarazo, aun por razones médicas, queda prohibida, y equipara aborto con infanticidio. El Vaticano decide anclarse en el pasado y ahí sigue anclado. Lo mismo hacen los promotores del proyecto.

Pero esa posición no es la de toda la Iglesia. No existe consenso entre los teólogos sobre el momento de la llegada del alma al ser en formación, y por eso en la tradición católica coexisten una postura moderada que no condena el aborto en casos especiales y una ultraconservadora que lo hace en términos absolutos. Y aunque ninguna es oficial, los altos heliotropos del Vaticano pretenden imponer la suya como única e infalible, pese a que por tratarse de un asunto de carácter moral y no de fe, el aborto se sale de la órbita de la infalibilidad papal. Cuando hay conflictos morales, la tradición de la teológica moral católica reconoce la teoría del probabilismo, según la cual en casos de duda razonable, la costumbre y/o la autoridad no son suficientes para validar e imponer como cierta una regla moral.

En pocas palabras esto quiere decir que una decisión de carácter moral que entra en conflicto con creencias religiosas está en manos de la persona que enfrenta el dilema y puede ser contraria a la doctrina; que cuando hay duda, hay libertad de conciencia. Así las cosas, lo inmoral no es el aborto, lo inmoral es pretender convertirlo en delito.

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