Si lo que nos interesa es el poder… ¿qué será de nosotros?

Habría preferido superar a otros en sabiduría que en la medida de mi poder y dominio... Sinceramente, si no fuese Alejandro, sería Diógenes.

Alejandro Magno.

 

A través del diálogo, que no de los debates, tenemos la posibilidad de encontrar soluciones a los más difíciles conflictos o respuestas a las más complejas preguntas, por ejemplo, ¿será posible que los habitantes del mundo trabajando coordinada y cooperativamente conservemos el planeta y que las familias más vulnerables vean a sus nietos vivir dignamente?

Aunque la pregunta sea la misma, otro sendero recorremos al debatir, pues el debate como el combate tienen otro objetivo: que yo gane y tú pierdas. El predominio sobre otro tiene logros de cuestionable valor; por ejemplo, en las familias hay debates que se convierten en altercados, que terminan en silencios que duran años, cuando un hijo, cuñada o padre siente que su poder, su “autoridad” no se respetó como es debido.

En las empresas hay debates “financieros” o administrativos sobre la conveniencia o costo de proyectos que buscan el desarrollo de la autonomía de los colaboradores, se debate con la lógica del poder, formar personas para innovar o autogerenciarse es un gasto innecesario, reduce nuestras ganancias.

En el concierto de las naciones se acepta como legítimo que el 1 % de la población sea dueña del 95 % o más de los recursos del planeta, que garantizan la protección del medioambiente, sea una utopía y sobre estos hechos el debate ahoga un diálogo ético o amoroso, que cuestione, por ejemplo, si el sufrimiento de uno es el compromiso de todos.

Nuestro dilema es entre vivir en armonía con la sabiduría, síntesis del amor y el conocimiento o la luchar por el dominio/poder que siempre privilegia lo individual sobre lo colectivo. La respuesta parecería obvia. Pero no es así.

Nuestra autoestima depende tanto de tener predominio sobre los otros, que somos capaces de acabar con lo que amamos con tal de ser el que manda. ¡Quién lo creyera!

Y es que desde el momento en el que la supervivencia de la especie humana dependió del dominio de un territorio, se alteró nuestra mirada del otro, aparecieron los límites geográficos, el estatus ligado a la división del trabajo y las costumbres y leyes que legitiman el poder y la lógica pragmática sobre el sentido de
vida.

Duele saber que hay padres, empresarios, maestros o personas comunes y corrientes que pondrían, como Alejandro Magno, a pensar del poder logrado elegir la sabiduría. Será que necesitamos como él sentirnos héroes para apostarle con integridad a una utopía: el futuro de la humanidad depende de nuestro compromiso con la sabiduría y su hija la prosperidad de todos.

 

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