Por: Lorenzo Madrigal

Si los hubiera conocido

Hay personas que vemos de lejos o a una distancia corta, como es la televisión, y que nos placen (o displacen) y con la cuales tenemos tal familiaridad que si las encontramos en la calle las tratamos de tú y por su nombre o apodo popular. Ellos o ellas solamente espabilan, pues no nos conocen, pero nosotros sí.

Una de esas personas fue para muchos Jota Mario Valencia, a quien aceptamos y quisimos como de los nuestros o cada grupo familiar como de los suyos, pues su voz entraba a casa con las primeras luces del día y era música de fondo del amanecer; sus noticias o sus ocurrencias se mezclaban con nuestros comentarios todavía adormecidos. El característico ruido del papel periódico sobre la mesa del desayuno era otra sonoridad que alternaba con la charla de Jota Mario y sus chicas.

No agrego mucho a lo que tanto se ha dicho de él, con merecimiento y conocimiento de causa. Sólo que haberlo conocido y tratado hubiera sido de nuestro agrado. Ahí quedó en la memoria, en la cercanía misteriosa del comunicador social y nada más le pedimos a su vida, que en gran medida nos la brindó, sin él saberlo.

Como él, otros tantos seres humanos habría sido grato tratar o al menos conversar un rato. Y lo digo desde el aislamiento relativo en que permanezco, acostumbrado un poco a la vida monástica. Pero observador público por profesión, no dejo de mirar y admirar, si es el caso, la presencia de mis semejantes.

Hubiera querido ver de cerca y compartir algún gesto con Barack Obama, o con Jimmy Carter, gente buena, de corazón apacible. Cualquier enumeración es estúpida, como que la estoy improvisando en extraña ensoñación.

Cómo me hubiera gustado ver, sin hablar con él, al presidente Olaya Herrera, tan distante. Y pude ver al presidente de mi raza, Ospina Pérez, cuando entró a mi colegio en Medellín con sombrero de fieltro y traje de paño. Miré al interior de su limusina Cadillac 42, azul, que le facilitaba en su terruño algún ricachón de la ciudad.

Me hubiera gustado haber tratado más a Doris Gil Santamaría, mi prima, reina nacional, pero no coincidieron las circunstancias familiares ni las ciudades de residencia. Se olvidó en la historia trágica de Colombia el sacrificio de amor por su esposo, con ella canallescamente secuestrado.

No hubiera querido conocer a Laureano Gómez, a quien se sabe que admiro, porque lo imagino muy bravo. Aunque su esposa, doña María, cuando le preguntaron cómo era en casa, contestó que era dulce, porque ya llegaba peleado.

Me hubiera gustado saber más de mi abuela, Felisa Sarmiento, por afincar mis raíces bogotanas, ya que lo que siempre tuve a mano fue el ancestro paisa, hasta llegar a doña Narcisa Berrío, según algún genealogista, hermana del general Pedro Justo, el de la Plaza de su nombre en Medellín, hoy plaza de la gorda de Botero, artista que admiro, pero deje así.

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2019-06-10T00:00:34-05:00

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