Por: Julio César Londoño

Sí, pero no

NO ES POR AGUAR LA FIESTA NI POR dármelas de original pero tengo que decir que la liberación de Íngrid Betancourt llega en un momento inoportuno.

Se produce cuando atravesamos una de las peores crisis institucionales de nuestra historia, cuando el Presidente torpedea los cimientos mismos de la democracia, cuando pretende pasarse por la faja la justicia y resolver graves problemas de legitimidad a punta de referendos populacheros, y comete la guachada (el cinismo) de insinuar que hay nexos entre el terrorismo y los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, una de las pocas instituciones de las que podemos estar orgullosos. Si lo dijo en serio, herr Álvaro está loco. Si lo dijo en estado de ira e intenso dolor, debe disculparse como lo haría cualquier caballero, en especial los de inteligencia superior. Pero no lo hará. Le sobra arrogancia.

La liberación de Íngrid es inoportuna porque reencaucha a un señor que andaba en calzas prietas, cuya bancada está en prisión y cuya ideología nos tiene en contravía de la historia, de la región y, lo que es peor, de las necesidades básicas del pueblo. Un señor a quien la democracia le hiede, el poder lo obsesiona y los atajos lo atraen. El peor pecado de Uribe es creer, como los príncipes de hace quinientos años, que el fin justifica los medios. Como los príncipes, Uribe está encontrando en ciertos medios su fin.

Pero de todas maneras no puede uno sustraerse a la emoción que produce el saber que 15 seres humanos han vuelto a la libertad, que el golpe fue magistral y que la estupidez y la crisis de las Farc quedaron en evidencia ante el país y ante el mundo. Se le volaron las “joyas de la corona”, don Alfonso. Jojoy, que era el primero en la línea de sucesión de Marulanda y fue olímpicamente postergado, debe estar muerto de la risa. “Se los dije –dirá ahora–, la guerra es cosa de machos, no de intelectuales del Chicó”.

Es un alivio que en esta liberación no hayan intervenido Chávez ni Chacín ni Piedad Córdoba; que el pueblo colombiano no haya tenido que sufrir de nuevo el circo de las camisas rojas ni guardar un minuto de silencio por la muerte de Marulanda ni soportar los frenéticos aplausos de la señora Córdoba ante las efusiones verborrágicas del ex coronel.

Descansará Uribe, que ya no tendrá que sufrir a la intensa Yolanda Pulecio, tan buena mamá, sí, pero tan mamona. Doña Yolanda debería recibir un curso de clase, diplomacia y decoro con la madre de Clara Rojas.

Descansaremos de Sarkozy, ese sujeto al que le importa un bledo nuestra tragedia e incluso la de Íngrid. Él se ocupó del “Caso Betancourt” sólo porque ella se volvió un símbolo mundial de los derechos humanos y de la resistencia contra el terrorismo, una espléndida fuente de réditos políticos y publicitarios. El miércoles Sarkozy se dio vitrina con Lorenzo y Mélanie, ayer abrazó a Íngrid, mañana escupirá las cáscaras y la palabra Colombie desaparecerá de su frívola agenda.

El frágil lazo que unía a Chávez y Sarkozy se rompió con esta liberación, no volverán a combinar esfuerzos para presionar decisiones de Colombia favorables a sus mezquinos intereses. Esta parejita ya no bailará más, y en general la injerencia extranjera en nuestros problemas internos mermará de manera sustancial. El conflicto colombiano seguirá siendo un problema internacional, porque hace tiempo desbordó nuestras fronteras pero por lo menos dejará de ser objeto de los shows mediáticos del chafarote de al lado. Uribe, hay que reconocerlo, recupera el control de su caballo de batalla, la seguridad democrática.

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