Por: Cecilia Orozco Tascón

¿Si Uribe no cumple, por qué yo sí?

De una forma ladina, el senador Uribe Vélez, que ha cultivado millones de votos con su imagen de “frentero”, “berraco” y macho, aparentó acatamiento a un fallo de tutela que le ordenó rectificar las imputaciones que le hizo a Daniel Samper Ospina con el fin de deshonrar su nombre y de lesionar el cariño que la gente, también contada en millones, le profesa al columnista por las risas que produce su mordacidad periodística. A Uribe le interesa desprestigiar a su crítico porque este se mofa de su entorno, su estilo de liderazgo, su lenguaje, la superioridad grosera que exhibe mientras finge humildad de campesino; la sumisión de sus congresistas patéticos en su rol de guardaespaldas políticos, la riqueza abrumadora de sus hijos que nadie puede cuestionar… La orden judicial le indicaba rectificar en el sitio en que cometió el exabrupto, su cuenta de Twitter. Y lo hizo, pero después de leer tres líneas de retórica torcida para decir que acataba la decisión, pero que no estaba de acuerdo con ella y, para poder añadir a renglón seguido, una colección de nuevos insultos. Realizó el acto que le exigió el Tribunal de Bogotá, en primer lugar, ante sus seguidores. Se parapetó tras ellos para rectificar la rectificación que acababa de pronunciar sin que nadie se le enfrentara. Primero dijo, taimado: “Corrijo que (Daniel Samper Ospina) no es violador de niños”. La ambivalencia de su frase (si usted “corrije que no es”, ¿quiere decir que sí es?) no le impidió añadir, a continuación: “la referencia en sátira a una niña recién nacida… no es asunto de poca monta. Hay derechos que son inseparables del ser humano, por ende, su vulneración equivale a violar a la persona titular, especialmente cuando el afectado es un niño”. Lo mismo: ¡hacer bromas sobre una niña “equivale a violar a la persona titular (sic)”!

Sin embargo, Samper aceptó la retractación bajo la consideración de que, en todo caso, quedó expuesta, en época preelectoral y a la luz de un tribunal superior, la conducta del expresidente que ya es reiterativa en sus arbitrariedades con quienes no se le someten y despreciativa —por no decir conspirativa— con las instituciones que no lo favorecen. La voluntad del periodista es respetable y de su absoluto fuero interno. Otra cosa es el ejemplo expansivo de irrespeto a las órdenes de las autoridades que conlleva el comportamiento, sí, taimado, de quien fuera cabeza de la Nación y de quien aspira a seguir dominándola en cuerpo ajeno. La sentencia en que se reprende a Uribe Vélez señala que “la responsabilidad del dirigente político no es solo para con sus seguidores; es con toda la sociedad porque su meta es la de llegar a ser el dirigente de todos los ciudadanos”. Si Uribe no cumple, ¿por qué debo hacerlo yo?, será, en adelante, la pregunta que se harán miles de colombianos a quienes el Estado representado por el insolente personaje durante ocho años les prometió igualdad ante la ley, sin excepciones. Es claro que el poder político y electoral convierte a unos ciudadanos en desiguales y que estos pueden mangonearnos a los demás porque la democracia, en países débiles como Colombia, es de papel.

Dos conclusiones quedan del escándalo que se armó con los recientes atropellos del jefe de la manada uribista a Samper Ospina: 1. Deja incólume el honor del columnista gracias a una sentencia valiente que sanciona al exmandatario pese al burladero que este le construyó. 2. Exhibe la inequidad con que la justicia trata a los periodistas y a los medios tradicionales de comunicación a los que —en contraste con lo que se le permite al tres veces retractado Uribe Vélez, de tratar los fallos en su contra como a bien le venga en gana— acosa con dudosos fallos de tutela que le tuercen el pescuezo a la realidad para favorecer a aquellos que quieren callar las denuncias sociales en que, incluso, está en juego la vida. Pronto tendré la oportunidad de comentar las barbaridades que nos obligan a decir jueces de dudosa rectitud en el lapso que se le impuso a Uribe: 48 horas.

 

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