Por: Patricia Lara Salive

Siete años de camorra

HACE SIETE AÑOS, COLOMBIA TENÍA buenas relaciones con sus vecinos, a pesar de la dificultad de compartir fronteras con un país acosado por el narcotráfico y la guerrilla.

Pero ahora estamos al borde de la guerra con Ecuador y Venezuela. Y esperamos no estarlo con el vecino más poderoso, Brasil, gobernado por Lula, el principal líder de América Latina, de quien Obama dijo “I love this guy”.

A juzgar por las declaraciones del Presidente de Ecuador, y por su mirada llena de rencor, hay que creerle cuando afirma que si se da una nueva incursión de Colombia en su territorio, su respuesta será militar.  Y también hay que darse cuenta de que a pesar de la evidencia de que ha habido campamentos de las Farc en Ecuador y relaciones de funcionarios de su gobierno con miembros de la guerrilla, la reacción de Correa parece la de quien se siente víctima: que lo acusen de ser cómplice de los delincuentes, cuando es precisamente él el que tiene que aguantar que, sin permiso, Colombia le fumigue su territorio con glifosato y afecte la salud y los cultivos de sus campesinos; mande su infantería y su aviación a que incursionen militarmente para después pretender borrarlo todo con una pedidita de perdón; tenga a unas guerrillas infiltradas e instaladas cerca de su frontera cuya vigilancia, debido al precario control que sobre ella ejerce Colombia, le cuesta millones de dólares, en fin... Y con esas relaciones rotas, en una situación tan compleja, es cuando más se requieren una Cancillería que actúe y un Presidente que no exacerbe los conflictos.

Y por el lado de Venezuela, que por tercera vez, en la era de Uribe, retira su embajador, la situación no es menos grave: si bien es innegable su cercanía con la guerrilla, al grosero e imprevisible Chávez se le ha herido el orgullo (Uribe lo puso de facilitador con las Farc y luego lo destituyó sin aviso previo); se filtró el contenido del computador de Raúl Reyes sin utilizar los canales diplomáticos para ventilar el tema; y se actuó de la misma forma con los lanzacohetes suecos que eran de Venezuela y no sabemos cuándo les llegaron a las Farc. El manejo de las relaciones con Venezuela podría haber sido más sagaz, de modo que su amistad con la guerrilla se hubiera convertido en una oportunidad, como ocurrió con Cuba, país cercano a la insurgencia, donde gracias a la habilidad del embajador Julio Londoño y a la madurez de Fidel Castro, se ha dado una colaboración en la búsqueda de la paz, que Colombia agradece.

Y estando tan tensa la situación con los vecinos, Uribe se les arrodilló a los gringos tal vez buscando que Obama le perdone sus amores con Bush e impulse el TLC, y aceptó instalar ¡siete bases militares! de Estados Unidos, potencia considerada por Chávez su principal enemigo. Y, para rematar, dijo que sólo busca con ello que nos ayuden a defendernos del narcotráfico y del terrorismo.

¡Y ahí fue Troya! ¡Se enfureció Chávez! Y se preocupó Chile. Y se molestó Brasil. Y Lula, que era el mejor canal para mejorar nuestras relaciones con los vecinos, se alineó con Chávez. Por eso su canciller dijo que los misiles suecos “son un episodio pequeñito en comparación con las bases” y expresó “la preocupación” de su país por “una presencia militar fuerte, cuyo objetivo y capacidad parecen ir más allá de lo que pueda ser la necesidad interna de Colombia”.

Y todo eso ocurre sin que Uribe se percate de que así haga lo que haga, para Obama, Lula, y no él, siempre será the guy.

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