Por: Andrés Hoyos

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Si Juan Manuel Santos cree que él ganó las elecciones del domingo, está muy equivocado. Las elecciones las perdieron el odio, el sectarismo y la guerra sucia, además del mal candidato del uribismo. Salvo por este accidente nominal, lo demás continúa y al parecer convenció al 45% de los electores, una cantidad muy preocupante. Mucho se habla del papel que tendrá Zuluaga en adelante, pero a juzgar por la fenomenal desautorización que le dio Uribe en la noche de las elecciones, el excandidato es apenas un militante más. De hecho, los senadores uribistas no tendrán autonomía en el Congreso; sus UTL, así como las comisiones a las que aspiran, de penderán del caudillo. Digamos, parafraseando a Laureano Gómez, que Uribe va a establecer en sus huestes una disciplina para lebreles elegantes.

Pero insisto en que Santos no ganó las elecciones. El salto del 136% dado de una vuelta a la otra, algo así como 4,5 millones de votantes nuevos, no tiene precedentes en Colombia y no está ni remotamente conformado por fanáticos del gobierno. Para decirlo de otro modo, el domingo ganó el miedo causado por la agenda de venganza que se agazapaba detrás de un político provinciano, inocuo en apariencia. Ayudaron, sí, la buena situación económica, el descenso en el desempleo y la reducción de la pobreza, pero aportó, por encima de todo, el proceso de paz bien diseñado, serio y militarmente fuerte, que es de lejos lo mejor que tiene Santos para mostrar. Sus pecados en educación, salud, justicia y alianzas políticas desatinadas fueron, en cambio, el lastre de la primera vuelta y no han sido perdonados por la opinión pública.

Los cuatro y medio millones de votantes que salvaron la tarde cabe dividirlos en tres: los aportados por la izquierda, en particular por Clara López, los aportados por una amplia franja de opinión de centro, sobre todo en los medios y en Bogotá, y los aportados por los barones electorales de la Costa Atlántica. El obvio dilema de Santos es que no puede satisfacer a los tres al tiempo.

Dos escenarios se perfilan como posibles: o Santos reedita la estrategia de su primer período y forma una alianza mazacotuda para complacer a todo el mundo, es decir, para no complacer a nadie, o lidera una coalición programática contra la extrema derecha, semejante a la Concertación chilena, que se centre no solo en terminar, ojalá con éxito, el proceso de paz, sino en implementar el corazón de los acuerdos ya logrados. Lo pactado en La Habana podría inscribirse en un amplio proyecto de centro izquierda y sería la base de esta Concertación a la colombiana, una sólida coalición de programas mínimos y de perfil institucional que contemple posibilidades de oscilación política. De cualquier modo, hablar de puestos antes de hablar de política es una vulgaridad.

Aunque el presidente reelecto tal vez tenga algo así en mente, surgen dos obstáculos: su propia tendencia a la complacencia y a perder el foco, y la enemistad jurada de la extrema derecha, dígase el ultramontano Alejandro Ordóñez, quien podría imponer sanciones disciplinarias a diestra y siniestra. Uribe, por su parte, parece dispuesto a ir a la cárcel con tal de ver fracasar a Santos. Dada su popularidad, esta enemistad polariza a la sociedad, intranquiliza a los militares y enreda lo que toca.

Uno podría apoyar a Santos con la debida reserva en el segundo camino; en el primero, por ningún motivo. Veremos si el presidente da la talla. Ojalá.

 

 

 

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