Siguiendo el guion

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Este es otro de esos casos en que el acusado pasa de la defensa al ataque. Después de ser acusado de usar su posición y poder en la industria para acosar sexualmente a varias víctimas, el cineasta Ciro Guerra ahora pasó a perseguir penal y civilmente a todas las personas que se atrevan a hablar de estos hechos. Eso sí es un abrazo de serpiente.

Me explico.

Ocho diferentes mujeres, algunas de ellas que no se conocen entre sí, acusaron de acoso sexual a Guerra, uno de los cineastas más importantes de Colombia. Más grave aún, una de ellas lo acusó de una posible violación.

El acoso sexual es un fenómeno complejo, que se encuentra profundamente normalizado en sociedades como la de Colombia. Es un acto más silencioso que la violación porque es menos evidente, pero con graves consecuencias también para sus víctimas. Deriva en la realización de insinuaciones o actos sexuales no deseados, en provecho de las estructuras de poder.

De esta manera, ocho mujeres se armaron de valor para contar su historia, en un país donde siempre las víctimas de estos hechos terminan siendo revictimizadas, y lograron que dos periodistas investigaran sus testimonios y publicaran las denuncias.

El 24 de junio de 2020 Catalina Ruiz-Navarro y Matilde de los Milagros Londoño publicaron la completa investigación en un medio llamado Volcánicas, autodenominado como periodismo feminista latinoamericano. El artículo contiene los ocho testimonios de las mujeres que han sido víctimas de acoso y abuso sexual por parte del reconocido cineasta, más otros detalles.

Ya que al cineasta no le gusta que hablemos de estas acusaciones, recordemos rápidamente los elementos más importantes. Las agresiones acusadas ocurrieron entre los años 2013 y 2019 en tres ciudades colombianas y tres internacionales. Tuvieron lugar durante eventos como el Festival de Cine de Cannes, el Colombian Film Festival y el Festival Internacional de Cine de Cartagena.

Los testimonios dejan claro que, a pesar de que las presuntas víctimas le dijeron a Guerra que no querían ser parte de esos hechos de forma clara, directa y reiterada, hubo un patrón en las actuaciones del director que incluyó conversaciones inapropiadas de índole sexual, invitaciones por parte del presunto victimario a su hotel u apartamento, el uso de la fuerza para tocarlas sexualmente, besarlas y, en un caso, posible abuso sexual.

El otro elemento del cual Guerra ha pedido que no se hable es que los relatos de las víctimas muestran cómo el cineasta usó su prestigio profesional para intimidar y establecer relaciones de poder abusivas frente a las agredidas.

Pareciera que el cineasta sigue el mismo guion que usan la mayoría de personas que cometen estos acosos y abusos.

Como estableció el medio Volcánicas, las denunciantes no tuvieron la intención de hacer una denuncia penal porque no querían pasar por un proceso de revictimización en manos del sistema de justicia. Tampoco, por el cuestionamiento y el escarnio público.

Solo una persona que ha tenido uno de estos casos cerca entiende la profundidad de ese raciocinio. Pero la verdad es que frente a las víctimas de estos hechos no hay que entender su raciocinio, sino respetarlas y acompañarlas. Nada más.

Por eso las periodistas que investigaron las denuncias han hecho todo lo posible para que estas mujeres, que tuvieron el valor de hablar y denunciar al cineasta para evitar que esto siga pasando, no terminen revictimizadas y estigmatizadas, como la práctica nacional e internacional lo ha demostrado en el pasado. Todos los testimonios que sustentan esa investigación fueron aportados y están bajo la reserva y el sigilo profesional que debe tener una investigación periodística.

Por su parte, y como es obvio, el cineasta Guerra ha usado su derecho a defenderse de estos hechos. Sin duda. Pero para tal efecto denunció penalmente a las periodistas y anunció demandas civiles por millonarias sumas de dinero en contra de ellas.

La conciliación fue fallida ya que Ruiz-Navarro y Londoño se defienden estableciendo que tienen toda la evidencia que demuestra su investigación. El material incluye, fuera de los testimonios de las víctimas, chats, correos electrónicos y notas de voz que demuestran la veracidad de las acusaciones en tiempo, modo y lugar. Y, como si eso no fuera suficiente, tienen mínimo un testigo por cada caso que coincide con los relatos de las víctimas.

Ante esta evidencia, la respuesta del presunto victimario ha sido una estrategia bastante particular de intimidación. El último elemento fue que Guerra y sus abogados presentaron una tutela en la que piden que las periodistas jamás puedan volver a mencionar su nombre. Jamás. Y que no se hable de otros casos, como quien prevé que esas nuevas acusaciones vienen en camino.

Eso constituye un intento de censura perpetua. Como también lo es la solicitud de retirar todos los artículos y difusión en redes sociales, y pedir a los medios que le dieron expansión a la noticia eliminar dicha información.

Pues no, señor.

El artículo de Ruiz-Navarro y Londoño responde a los estándares internacionales del oficio, especialmente porque los hechos están verificados y tienen sustentos documentales que los contrastan. (Ver Artículo).

Bien le haría al debate sobre estos temas que Guerra decidiera, más bien, explicar por qué desde su perspectiva los hechos que esas mujeres vivieron y denunciaron como abuso y acoso sexual, y que entregan con evidencias documentales y testimonios de testigos, para él no lo son.

Qué paradoja que uno de los mejores directores y contadores de historias del país se rehúse a contar su historia.

Pero, de nuevo, sigue el guion de otros que han sido acusados de la misma manera, como el productor estadounidense Harvey Weinstein, famoso por intentar amedrentar a las mujeres que lo acusaron, quien se expuso a que judicialmente le demostraran que sus acciones sí eran abusivas e incurrían en acosos.

Así ha ocurrido en muchos otros casos en el mundo gracias a la valentía de las víctimas y a movimientos como el #MeToo.

La vía judicial es la que más perjudica la discusión pública sobre violencia de género, y en algunos casos a sus victimarios. Lo que un fenómeno como el acoso y abuso sexual necesita es más libertad de expresión, más periodismo investigativo, más víctimas que alcen su voz y entreguen sus testimonios o pruebas, y que los victimarios expliquen su perspectiva y entiendan sus errores.

De lo contrario, el silencio es el lugar donde las violencias y los abusos se perpetúan y acentúan, y eso no se puede permitir, ni siquiera con esfuerzos jurídicos para conseguirlo. Por eso, como lo he hecho en el pasado con otras personas, me atengo a los intentos de matoneo legal que pueda intentar el señor Guerra en mi contra. Porque no se puede imponer el silencio a las malas ni la censura perpetua. Ese es mi único guion.

@yohirakerman, akermancolumnista@gmail.com

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