Por: Ramiro Bejarano Guzmán

Silencio: enfermo grave

Definitivamente Juan Carlos Pinzón, el volcánico ministro de Defensa, sin duda es rey de las comunicaciones, porque ha acuñado la curiosa estrategia de pasar agachado cuando algo sale mal en su ministerio y tiene que poner la cara, y, en cambio, no ahorra adjetivo ni epítetos a la hora de lanzar sus botafuegos contra quienes no gozan de sus simpatías.

Después del senador Álvaro Uribe, Pinzón fue el primer funcionario que se pronunció sobre el secuestro del general Alzate, pero cuando el oficial fue liberado y más tarde llamado a calificar servicios después de haber permanecido escondido en una clínica militar por más de 36 horas, el ministro de Defensa se desentendió del asunto y puso pies en polvorosa. Parece no haber comprendido cuál es el papel de un ministro civil para los militares, o como se siente precandidato presidencial, ha preferido olvidar sus responsabilidades.

La presencia de un civil comandando el ministerio de la milicia le impone la responsabilidad política que no les es dable asumir a los militares, precisamente porque les está vedado deliberar. En esta oportunidad Pinzón hábilmente se hizo fotografiar con el general Alzate apenas fue liberado —eso sí no les parece abuso mediático—, pero tuvo el buen cuidado de no convocar rueda de prensa para dar las explicaciones políticas que a él como ministro le competían. Hoy Pinzón ya ha logrado que los medios no le toquen ese tema confuso y espinoso de un general capturado por la insurgencia. El resultado no puede ser más deplorable: nadie finalmente ha contado la verdad de lo que pasó y nunca la sabremos.

En cambio al asustadizo general Alzate lo pusieron a leer un comunicado en el que tampoco aclaró nada del suceso que acabó con 33 años de su carrera profesional, pero en el que resultó evidente la mano de alguien interesado en que se dejara constancia de que había sido utilizada mediáticamente su liberación, al parecer por la foto que le fue tomada con el guerrillero Alape. ¿Show mediático? No lo creo. Por el contrario, con esa fotografía quedó en evidencia un gesto político ostensible, consistente en que si uno de los hombres de las Farc en La Habana regresó a Colombia a ejecutar la orden de que sus tropas liberaran al general, es porque quienes están negociando la paz sí tienen control y mando sobre la insurgencia, y además la voluntad de que el proceso de negociación avance.

Pero Pinzón ignora las graves denuncias de Human Rights Watch y su director para las Américas, José Miguel Vivanco, sobre la “emboscada legislativa” que lidera el ministro para garantizar la impunidad en las investigaciones por los “falsos positivos”, pues además de que no colabora con las mismas, él solito está impulsando tres proyectos en el Congreso que de ser aprobados, como seguramente ocurrirá, esas pesquisas también terminarán en nada, principalmente cuando se trate de altos mandos. Y a ese silencio se agrega otro no menos sorprendente de Pinzón, y tiene que ver con la otra acusación de Vivanco sobre el extraño suicidio de Nixon de Jesús Carcamo, soldado condenado por “falsos positivos” que venía colaborando con la justicia, implicando a sus superiores y aportando pruebas, y que después de denunciar amenazas en su contra apareció muerto el pasado 27 de octubre en la Brigada 11 de Montería, donde estaba detenido.

Salvo una tibia aparición de Pinzón para mostrarse indignado por el robo de armas o para asegurar que la corrupción en la Policía —negada con furia digna de mejor causa por su director Rodolfo Palomino— será investigada exhaustivamente, su silencio repentino es preocupante. A propósito, ya nos vamos acostumbrando a que las investigaciones anunciadas por el ministro no pasan de ser apenas titulares de prensa, como la relacionada con la filtración de información reservada de inteligencia al senador Uribe, de la que prometió resultados inmediatos que al parecer no llegarán jamás.

Adenda. La desastrosa tarea del alcalde de Cali, Rodrigo Guerrero, vocero del momierio vallecaucano, quedó reflejada con el rechazo del 62% de los caleños, según la encuesta Gallup. ¡Pobre Cali!

 

 

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