Por: Francisco Gutiérrez Sanín

¿Silencio sepulcral?

EN LA EMISIÓN 67 DEL PROGRAMA DE televisión Los Informantes, me enteré de la historia del cabo Mora.

Mora es, aparentemente, un miembro como cualquier otro del Ejército. Además, ama profundamente a su institución: “la mejor que tiene el país”, dice. ¿Qué hizo Mora como para convertirse en protagonista de un programa de televisión? Haber dado a conocer la aterradora historia de los falsos positivos, una forma de operar que cobró la vida de cientos de civiles a manos de miembros de la Fuerza Pública, a veces en coordinación con los paramilitares.

Mora es un joven tranquilo y sin pretensiones, pero dueño de un temple que no dudo en calificar como heroico. Así que el lector podrá pensar que, desde que dio a conocer aquellos hechos de horror, prestándoles un servicio enorme a las familias de las víctimas, al país, al Ejército y al Estado, se habrá convertido en una figura emblemática y en un referente para las campañas educativas internas de su institución. Error. Lo que sucedió fue todo lo contrario. Según nos cuenta Los Informantes, desde que hizo las denuncias está en la mira: no de las proverbiales “fuerzas oscuras”, sino de personas y jerarquías claramente identificables. Según su versión, diversos superiores suyos lo estigmatizaron “por sapo” y “desleal”. Se preguntaban cuánto valdría su cabeza. Dice María Elvira Arango que está vivo de “milagro”. Y, para todo efecto práctico, su carrera militar está acabada.

El ministro de Defensa, que hace un mohín de contrariedad cada vez que escucha la expresión “falsos positivos”, no parece tener el asunto en la mira. Es, sin embargo, crucial. Las instituciones dan señales públicas a través de los incentivos que ofrecen a los comportamientos y las personas. Si estamos hablando en serio de políticas institucionales, un tema fundamental y muy sencillo de entender para todos los involucrados —ciudadanos, víctimas, analistas, victimarios— es cómo les va a los que denunciaron. En el caso al que me refiero, me parece que no tan bien. He estado haciendo un listado y el balance es bastante desalentador. Si uno amplía la mirada e incluye a los que tuvieron la dignidad y el enorme valor civil de desnudar la cohabitación con los paramilitares, o simplemente de aplicar la ley a gente muy poderosa, la situación no mejora. El miércoles no más, los patrulleros que agarraron manejando borracho al entonces congresista Merlano reportaron que después habían sufrido numerosos abusos. Criticaron por esto al general Palomino, entre otros, cosa que lamenté. Pues en un acto que los enaltece a él y a su carrera policial, Palomino (cuando era capitán, si no me equivoco) se opuso a una masacre en ciernes. A instancias de un político bien conectado —uno de los autores intelectuales de la matazón—, lo trasladaron para que no estorbara. La masacre en efecto tuvo lugar y el asunto fue cuidadosamente engavetado.

El cabo Mora dice que la mayoría de los militares no está involucrada en estos crímenes espantables. Claro que tiene razón: cuánta gente valiosa y con un agudo sentido del honor hay en todos los niveles de nuestra Fuerza Pública. Pero la política institucional sigue siendo fatalmente ambigua. Si para denunciar eventos como esos se tiene que estar dispuesto a incurrir en costos prohibitivos, sin ninguna señal que establezca alguna clase de balance, sin ninguna orientación explícita que permita discernir dónde pone la institución sus apuestas reales, se están creando las condiciones para que reine la ley del silencio y toda clase de eventos terribles vuelvan a ocurrir.

Sintomáticamente, los hechos reportados por Los Informantes quedaron sin responder. Uno podría haber esperado un mentís (el programa o el cabo se equivocan), o una declaración anunciando alguna clase de rectificación. Nada. Pasar de agache, a propósito, también es una política.

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