Por: Fernando Araújo Vélez

Simplemente María

Había que verla cuando iba por el barrio de Santa Fe con su uniforme de escuela a cuadros azules y blancos, la mirada altiva, el paso seguro, firme, largo, el pelo al viento, desafiante, toda vida ella, vida pese a todo, y más que nada, pese a la muerte a la que se acostumbró desde los dos años, cuando alguien, su madre tal vez, una tía, la dejó dormida dentro de una maleta de cremallera en la puerta principal del Cementerio Central.

Fue un sábado en la mañana, muy temprano, le contaron luego. Que no había llorado, que miraba todo con los ojos muy abiertos, que había corrido a los tumbos como  una loca por entre las sepulturas cuando la sacaron, quizá porque huía, quizá porque aquel laberinto de personajes inmortales era como un juego para ella.

Había que verla cuando regresaba, un poco más lenta, como si meditara cada paso, con los zapatos casi arrastrados, el pelo algo desordenado, la mirada baja, clavada en el andén, sin el desafío de las mañanas, tal vez con el recuerdo, con todos los recuerdos voluntariamente emborronados y la ilusión quebrada. “Un café”, pedía en la misma tienda de todas las tardes, a sabiendas de que se lo servían frío, recargado y pasado. “Un café para la niña”, decía el mesero cuando se lo llevaba, sobre una bandeja verde de plástico, con dos bolsitas de azúcar y un palito para revolver que ella luego mordía, y entonces escribía sobre un cuaderno dos o tres frases que seguro nunca nadie leyó y que según ella, dijo, diría, eran una especie de libreto de su vida para cuando su vida fuera otra cosa.

Había que verla cuando entraba al cementerio por una puerta lateral, ya casi de noche, e incluso compadecerla por las reiteradas notas de los periódicos y revistas que la nombraban como María, simplemente María; la describían como un hada del Averno y aseguraban que no sólo vivía y dormía entre los muertos y con los muertos, sino que ejercía el enigmático arte de la hechicería con ellos y por ellos. Que era ella quien de madrugada realizaba diabólicos conjuros sobre las tumbas, escribían; que era ella quien invocaba a las ánimas del purgatorio, que era ella quien hacía que los soldados muertos conversaran en su panteón y era ella quien le ponía flores a Carlos Pizarro.

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