Por: Rocío Arias Hofman

‘Sin aire’

VOY A TRATAR DE DEFINIR UN fenómeno que no es netamente atmosférico ni social, ni político ni económico, ni ideológico ni intelectual sino todo lo contrario, es una suerte de expandido mal que tiene un poco de cada uno de los aspectos anteriores.

Lo llamaré sin aire, como quien le pone nombre a una enfermedad desconocida pero que necesita determinar. Es un virus que no está en la probeta de ningún laboratorio y nadie lo está investigando para buscarle cura. En ese sentido, quienes padecen sin aire se buscan su propio remedio. El malevo se está extendiendo, ya verán.

Últimamente me encuentro de manera frecuente y, por tanto, preocupante con más personas que cuentan cómo mitigan los efectos que el sin aire está causando en sus vidas. No parece ser una enfermedad propia del campo o de la ciudad. Ataca con ferocidad a quienes defienden la libertad con el celo de quien protege un bien mítico y no hace mella en quienes desconocen la palabra “connivencia”.

Le escuché decir a un bibliotecario de una vereda del norte de Colombia que en su región “no se podía ser amigo de los buenos ni enemigo de los malos”, que eso le ocasionaba fuertes congestiones en el pecho y que sólo recuperaba la respiración cuando cogía monte adentro, con su burro cargado de libros, para ir a repartir inspiraciones lectoras entre los habitantes que salían a recibirle entre las trochas. Esto es, el hombre de los libros padece sin aire.

Un grupo de venezolanos, entre los que se contaban periodistas, críticos literarios, investigadores económicos y empresarios, confesó en una reunión que su presencia temporal en Colombia se debe a los estragos que causa el sin aire en su día a día en la Caracas que los vio nacer. Es tanta la asfixia, dicen, que prefieren hacer como los topos y recluirse en sus casas. No salen, no hablan, no se juntan. Prefieren seguir mentalmente vivos en el refugio de sus tres o cuatro amigos y depositar su angustiosa mirada velada hacia el futuro en el presente de sus piezas íntimas: platos cocinados en casa, musiquita de los anaqueles hogareños, conversaciones al abrigo de las almohadas. No soportan la coacción del régimen chavista, por si no ha quedado claro.

Uno de los gurús del periodismo electrónico reconoce que lo que más le interesa es acechar el comportamiento de las salas de redacción en los medios para comprobar cómo insuflan sus pulmones ante la posibilidad de respirar virtualmente a través de blogs personales, por ejemplo. Periodistas aquejados de sin aire se llama esto o, como diría un reputado investigador periodístico afincado en El Nuevo Herald, “la autocensura impuesta desde los propios medios de comunicación y desde cada periodista es la peor de todas”.

Oración: que no nos pille el sin aire débiles y sin remedios fraguados. Contemos con cautela los días que faltan para la próxima contienda electoral en Colombia.

 

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