Por: Lorenzo Madrigal

Sin cédula

CALLE CATORCE, OFICINA DE LA REgistraduría de Bogotá, gente en fila por la calle peatonal, oferta de fotógrafos, venta de protectores de documentos, frío y ventisca, piña con moscas y otras frutas, en ventorrillos improvisados.

Adentro un tipo de uniforme descompuesto e iguales maneras, trata, en su estilo, a una señora muy decente que pide explicaciones. Gente en desorden, una ventanilla mínima da a unos módulos desvencijados. Los ciudadanos que nos hallamos allí reclutados, como prisioneros de Tercer Reich, en espacio al menos respirable por sus techos altos (data de los años cuarenta y los sistemas de atención al público también) solicitamos un último y ojalá definitivo sello de autenticidad para un documento provisional, diligenciado con todas las de la ley hace meses (en el caso de Lorenzo, un año y cuatro meses), en orden a renovar la cédula.

Por lo visto, no cree esta oficina de la Registraduría lo que hizo otra oficina de la Registraduría y el ciudadano paga las consecuencias y es obligado a trasladarse de una localidad lejana a esta ciudad por un sello más de necia tramitología.

El uniformado de adentro vocea los proyectos de cédula (la que todavía no aflora) y van siendo entregados, curiosamente, sin que medie identificación alguna de quienes los reciben. Entre otras razones, porque no tendrían cómo identificarse.

Más de dos millones de ciudadanos están afectados por la demora o por errores en el trámite oficial de las tales cédulas con holograma, cualquier cosa que esto sea; muchos no han reclamado el documento, pues éste cae como la lotería, sin que se sepa cuándo la rifan y unos cincuenta mil no lo han solicitado.

Una cierta afición del viejo Loren por las costumbres y los objetos de antaño, le sirvió para paliar estos afanes kafkianos y estas estancias que encontró iguales a las de hace medio siglo. Cree recordar que la gente era entonces más culta y los conserjes también. Un sello era importante y las oficinas no desconfiaban las unas de las otras, siendo del mismo género. Comprendió que hemos avanzado, como Michael Jackson, dando pasos acelerados hacia atrás.

En los días inmediatos a la expiración de las viejas cédulas, las filas crecieron ante un Gobierno impasible, en despedida, furioso por todo lo que le viene ocurriendo. Negó un nuevo aplazamiento y acusó de desidia a la ciudadanía, a sabiendas de que la renovación ha sido extremadamente lenta y ha estado colmada de enojosos trámites, todos de responsabilidad oficial.

Poco importa mortificar a los ciudadanos si ya pasaron las elecciones. No importa si son oriundos del país y por segunda vez cumplen requisitos básicos de identificación. Sí, que sufran como si fueran indocumentados de Arizona, que no menos han sido víctimas de la xenofobia y del odio racial.

 

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