Por: Armando Montenegro

Sin cédula

HACE CASI OCHO MESES TUVE QUE pedir una copia de mi cédula porque perdí la original a finales de enero. Hasta el día de hoy, después de hacer trámites absurdos, llamadas y averiguaciones, no ha sido posible conseguir este documento.

Después de poner el denuncio, el calvario comenzó un día de febrero en que me presenté ante una oficina de la Registraduría donde debía llevar un sinnúmero de papeles para iniciar el proceso. Después de toda una mañana de cola, de observar cómo muchas personas se brincaban la fila, algunas de la mano de tramitadores conocidos por los funcionarios, logré, por fin, que me atendieran. En ese momento se cayó el sistema y me dijeron que así no se podía hacer nada. Dijeron que, a veces, el problema duraba todo el día. Que esperara un rato, pero que, de pronto, me tocaría volver al día siguiente. Cuando, por suerte, los viejos computadores revivieron, me dieron un pequeño papel con mi foto, denominado “Contraseña”, un documento provisional con el cual debía defenderme por un tiempo. Hasta ese momento había perdido prácticamente todo el día. Pero allí no terminó la tortura.

 Me informaron, entonces, que iba a estar varios meses sin la cédula definitiva y que el bendito papelito con foto, la Contraseña, no servía para nada. Que adquiriría algún valor en el mundo ritual de la tramitología y las formalidades absurdas, en un país en el que piden la cédula para todo, sólo si lo autenticaba en otra espantosa oficina, en el centro de la ciudad, después de otro padecimiento, con colas, colados, demoras y maltratos adicionales. Otro día perdido.

Con la Contraseña autenticada podía vadearme mientras salía la cédula. Me dijeron que el trámite definitivo duraría dos o tres meses. Que estuviera preguntando, que las cosas no eran precisas.

Fui condenado por la inoperancia de la Registraduría a no votar en dos elecciones. Por la lentitud e incompetencia de una dependencia oficial, al lado de miles de colombianos, perdí mis derechos políticos.

Hace tres semanas recibí un correo electrónico de un autodenominado grupo Élite de la Registraduría. Me decía, con pretensiones de gran modernidad y agilidad, que ya podía reclamar mi cédula. He preguntado tres veces en la oficina donde hice los trámites. Por allí no saben nada de ella.

A estas alturas, no puedo explicarme por qué se necesitan meses y meses para sacar la copia de un simple documento. En un país medianamente moderno, este trámite debe durar unas horas, máximo unos pocos días. No tengo ni idea sobre lo que ha pasado en el interior de la Registraduría en todo este tiempo.

Lo más sorprendente es que las cosas son peores ahora que hace algunos años. Antes de que se realizaran las multimillonarias inversiones en equipos especializados, supuestamente rápidos, seguros y eficientes, con los que, decían, se iba a modernizar el sistema, los trámites eran más rápidos. En esa época también había menos empleados en las oficinas y, por supuesto, el desprecio y maltrato a los ciudadanos era menor.

Lo peor es que esta historia se repite en numerosas diligencias ante diversas dependencias del Estado. La única esperanza es que han llegado al Gobierno varios políticos, como el ministro del Interior, que en su vida parlamentaria promovieron medidas para agilizar los trámites con los que hoy se flagela a los ciudadanos. Esperemos que, ahora que pueden, cumplan sus promesas.

 

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