Por: Alvaro Forero Tascón

¿Sin crisis no hay cambios?

LO ÚNICO CONSTANTE ES EL CAMbio y, sin embargo, las democracias modernas no han encontrado manera de producir cambio real en temas críticos como el cambio climático, la problemática de las drogas ilegales o los excesivos presupuestos militares.

La principal barrera para los cambios profundos es la opinión pública. Por eso Milton Friedman sostenía que solamente una crisis, real o percibida, produce verdadero cambio. Pero según esa tesis, para poder solucionar los grandes problemas, las sociedades están abocadas a dejar degradarlos hasta el punto en que se conviertan en crisis, porque sólo en ese momento se generan las condiciones de miedo, rabia o dolor entre la opinión pública, que permiten impulsar las soluciones costosas que requieren los grandes desafíos. Lo que significaría que el liderazgo público frente a los grandes problemas está limitado a que estén maduras las condiciones para aplicar sus propuestas y que, por lo tanto, el político eficiente es más un oportunista de la coyuntura histórica que le toca, que un visionario que le muestra el camino a su pueblo.

Por eso es tan significativo el ejemplo del manejo que le está dando Barack Obama al problema del sistema de seguridad social, en que cerca de cincuenta millones de ciudadanos carecen de seguro de salud en la sociedad más opulenta del mundo. A pesar de la gravedad del problema, a la mayoría de los estadounidenses con cobertura de salud les preocupa más que se les desmejore el  servicio, a que éste alcance cobertura universal. Como la solución que está impulsando Obama para incluir a los norteamericanos desprotegidos y detener los costos desbocados de la salud contraría a las mayorías, ha sufrido descensos importantes en su popularidad. Es decir, Obama se está gastando la popularidad que cosechó mediante las tesis adecuadas para manejar la crisis económica que explotó semanas antes de las elecciones, en solucionar otros problemas críticos de su país.

La diferencia entre el estadista y el político está en que el primero se gasta la popularidad en impulsar cambios impopulares, anticipándose a las crisis, y el segundo la utiliza para beneficio político propio. Por eso es relativo el mérito del Estado de opinión, en que el gobernante, por andar amacizado con las mayorías, no emprende las tareas que generalmente implican llevar a las sociedades a cambiar en contra de su voluntad.

Álvaro Uribe es el mayor beneficiario de la crisis de seguridad de final del siglo pasado. Ésta lo llevó al poder, y sobre ésta sigue cabalgando siete años después, e insiste que ella debe seguir signando la vida nacional por varios años más. Mientras tanto vienen encubándose tres grandes crisis: la de la corrupción política, la del desempleo y la de los conflictos con los países vecinos.

Es posible que como la crisis económica norteamericana, alguna de éstas explote cerca de las elecciones, favoreciendo al candidato que mejor se haya posicionado en el respectivo tema. Porque como decía Friedman: “Cuando esa crisis ocurre, las acciones que se tomen dependen de las ideas que hay sobre la mesa. Esa, creo yo, es nuestra función básica: desarrollar alternativas a las políticas existentes, mantenerlas vivas y disponibles hasta que lo políticamente imposible se convierta en lo políticamente inevitable”.

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