Por: Juan Manuel Ospina

Sin diplomacia

Venezuela está sumida en un nudo de contradicciones que no son propiamente Bolivarianas: envuelta en un discurso de izquierda antiimperialista, al tiempo que es gobernada con una mezcla de populismo y autoritarismo.

Para el chavismo las libertades y los derechos humanos, que irrespetan día y noche, son simples “distractores burgueses” de los verdaderos problemas. Lo que sucede en la frontera, delirante e injusto, es consecuencia de esa situación y no tiene otra explicación que la pretensión de utilizarla electoralmente, al avivar un sentimiento nacionalista (anticolombiano), con el manido argumento de la “amenaza externa”, y enfrentar unas elecciones que pintan mal para el fracasado “madurismo”, al pasarle los ciudadanos una cuenta de cobro por la descuadernada en que tienen al país; Maduro necesita inventarse un culpable, “el complot colombiano”.

La situación actual vuelve a desnudar una de las mayores y viejas falencias del estado colombiano: un servicio diplomático sin profesionalismo alguno, que solo sirve para premiar a políticos en receso o a sus parientes y amigos. No hay una estrategia ni una concepción geopolítica, reina la ingenuidad de que sin esfuerzo alguno tenemos ganado el espacio internacional, un espacio que nunca hemos entendido ni valorado. No en vano ese hacedor de frases contundentes, Alfonso López Michelsen, calificó alguna vez a Colombia de “Tibet suramericano”. En ese campo simplemente “le chupamos rueda” a Washington, ahorrándonos el esfuerzo de construir una diplomacia seria. Ni hablar de nuestro desconocimiento o subestimación de los vecinos en el frente caribeño, América Central y las islas caribeñas.

Los dos más recientes traspiés internacionales – Nicaragua y Venezuela- se nutren de esa ignorancia teñida de soberbia. La salida en falso en la OEA - por improcedente, ingenua y precipitada - es el resultado inevitable de las carencias en nuestro frente internacional, que no se remedian envolviéndonos en el tricolor nacional y gritando abajo el mal vecino.

Los hechos actuales señalan que con la Venezuela chavista, apoyada por sus aliados políticos en el continente, hay que tener el ojo abierto. Los hechos de la frontera están a favor del país, pues el rechazo general es innegable – el voto en la OEA no fue de apoyo a Maduro sino de rechazo al procedimiento propuesto por Colombia -. El país es ganador pero nadie se va a meter a resolver un problema que aunque desdice del gobierno chavista en materia grave, debe resolverse entre las partes. Es fundamental que en el mundo se sepa lo que el gobierno chavista está haciendo y la película que armó, que nada tiene que ver con nuestros complicados problemas internos.

Nos corresponde como colombianos mostrar con hechos, el apoyo y la solidaridad efectiva con nuestros compatriotas vejados. El camino es de firmeza y con la serenidad que da tener la razón, sin exabruptos como denunciar a Maduro de genocida; el arma digna y más efectiva es informarle al mundo sobriamente lo que está sucediendo; los hechos y los testimonios de los deportados hablan por sí solos y condenan a Maduro.

A nadie escapa que en el trasfondo de la situación actual están las negociaciones de La Habana y el papel de Venezuela en ellas, que si bien fue importante en sus prolegómenos e inicios, hoy el apoyo venezolano es más logístico, pues el proceso tiene más dolientes y una dinámica propia. Las FARC son chavistas y no van a enfrentar a Maduro. En el escenario está Cuba, el facilitador que la situación necesita para acercar a ambos países y lograr un acuerdo bilateral. Al gobierno cubano no le interesan roces ni con Santos ni con las FARC y mucho menos con Maduro; quiere ser un actor de primer orden en la paz de Colombia. Sería la primera gran gestión internacional de una Cuba que ya no exporta la revolución armada y que propugna por una América Latina integrada y solidaria, en medio de las diferencias y conflictos propios de la vida. Gran perdedor de todo esto es Ernesto Samper y la desacaecida UNASUR.

 

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