Sin escuelas de ministros y con exceso de precandidatos presidenciales

Noticias destacadas de Opinión

La calidad de los gobiernos (independientemente de su orientación) y la institucionalización de los partidos van de la mano.

¿Cuántos gobiernos llevamos con una evidente improvisación de ministros? Como diría el presidente Duque, es un problema que ha “envejecido mal”.

¿Hubo algún momento en que alcanzamos el “pico” de calidad de nuestra clase dirigente y vamos pendiente abajo? Habría que hacer un estudio empírico sin sesgos, pero muchos están preocupados con la tendencia.

Personas genuinamente interesadas en que le vaya bien al Gobierno y al país dicen: “Está bien, este ministro no está a la altura de los desafíos, pero ¿por quién lo cambia?”. Son largos silencios: pareciera que no tenemos los líderes que necesitamos para el alto gobierno.

Sin embargo, abundan los precandidatos presidenciales a lo ancho del espectro. Hipotéticamente, ¿podrían estos precandidatos ocupar algunos ministerios? Los analistas concluyen que muy pocos. Es decir, tenemos precandidatos presidenciales a los que no se les confiaría un ministerio.

Algo está fallando en la élite política, más allá de la ausencia de una regla simple en los partidos: no proceden las autoproclamaciones; se requiere un proceso interno para obtener tal condición del partido. ¿Y para ser “ministeriable”? Básicamente, los partidos poco tienen que ver.

Idealmente, un ministro debe ser un agente de un proyecto de sociedad, y son los partidos, que aspiran al poder político, los llamados a tener “proyectos de sociedad” según sus principios, valores, filosofías, ideologías o visiones. Estos se traducen en “programas”, propuestas de reformas y/o políticas públicas.

Cuando un partido accede al poder por voluntad de un electorado, intentará implementar su programa y para eso llamará a sus mejores líderes. ¿Qué ocurre en la realidad? Que los partidos no suelen tener programa y son los candidatos presidenciales los que lo arman, más o menos a las carreras. A veces, los candidatos se inventan los partidos.

Así, importa más estar en la campaña que en el partido, y todavía más, ser amigo del candidato, que si gana, muy en la tradición personalista, se convierte en “rey”, por encima de los partidos. Si esta manera funcionara para producir gobiernos de buena calidad (independientemente de su orientación), habría que elaborarle una teoría. Pero no, no está funcionando.

Hay que insistir, entonces, en la institucionalización de los partidos (democráticos o, para ser menos románticos, poliarquistas). Históricamente, hemos tenido partidos caudillistas, oligárquicos, federativos, clientelistas y también de peor tipo, aunque no tan relevantes. Actualmente, la ley que regula la financiación estatal de los partidos no provee los incentivos necesarios. Un 15% de recursos destinado a varios objetivos, incluidos centros de pensamiento, es hacerle el juego a la anomalía.

Los talentos, con razón, no se interesan en entrar a la actual organización de los partidos, que deben ser las “escuelas de ministros”, dirigiendo y entrenando la tecnocracia. Del diálogo intenso entre políticos y técnicos se forman los perfiles integrales para los cargos de responsabilidad política.

Así, cuando nombran a un ministro ya se sabe qué va a hacer: avanzar la ejecución del programa y, claro, poner de su propia imaginación o sello en el marco de una visión. No como lo que pasa en Colombia desde hace décadas. La institucionalización de los partidos, además, disminuye el costo de rotación en los altos cargos y, sobre todo, ayuda a la gobernabilidad, que disminuye la rotación.

El gobierno es un “bien público puro”; la sociedad está pagando bastante por él y la política le está entregando un producto regular. No se cambia rápido, pero se puede cambiar.

@DanielMeraV

Comparte en redes: