Por: Marcos Peckel

Sin F16 en los cielos de Damasco

A un mes de aprobada la resolución 1973 del Consejo de Seguridad que autoriza el establecimiento de la “zona de exclusión aérea” sobre Libia, los F16, Mirage y Tornados de las fuerzas aéreas de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña continúan revoloteando por los cielos del Magreb en busca de objetivos para bombardear y de esta manera “proteger a los civiles libios” de las fuerzas de Gadafi.

En el campo de batalla la guerra se encuentra en un punto muerto. Los “aliados” están enviando asesores militares a los rebeldes y la realidad en el terreno ya desborda el mandato de la resolución 1973. El país va camino a una prolongada guerra civil o a una mayor intervención militar hasta derrocar al líder libio, a quien subestimaron tanto en su determinación de lucha, como en el apoyo del que goza en sectores de la población. Una vez más la OTAN, sin objetivos políticos ni militares claros, está involucrada en una guerra civil en un país musulmán.
¿Y mientras tanto quién protege a los civiles en Siria? ¿Dónde están la inútil Liga Árabe, tan “diligente” en el caso libio, para defender a la población siria víctima de la carnicería que le está infligiendo su presidente dictador?
El Consejo de Seguridad parece no percatarse de que en Siria lo que está ocurriendo es una monstruosa masacre contra civiles desarmados, que marchan por las calles del país exigiendo un futuro. Y en Ginebra el estéril Consejo de Derechos Humanos de la ONU está a punto de otorgarle a Siria uno de los cuatro puestos vacantes del grupo asiático; Pablo Escobar dirigiendo la DEA.
¿Por qué la rapidez del Consejo de Seguridad para actuar en Libia apoyando a unos rebeldes armados autoproclamados representantes del pueblo y la completa inacción, hasta ahora, con lo que ocurre en Siria o Yemen, donde decenas de manifestantes pacíficos han muerto a manos de los esbirros de Saleh?
Si estuviéramos hablando de seres humanos lo llamaríamos hipocresía, pero al tratarse de un conjunto de naciones hablamos de intereses, balance de poder, alianzas y entuertos para los que la vida de unos cuantos civiles no es más que un frío cálculo de costos y beneficios.
La actitud pasiva y cómplice de la comunidad internacional se ha convertido en un paradigma. En estas páginas se publicaron los estremecedores relatos del periodista J. L. Anderson sobre la etapa final del conflicto en Sri Lanka. La estrategia de “tierra arrasada” utilizada por el régimen de Rajapaksa para derrotar a los tigres tamiles dejó miles de civiles muertos sin que la comunidad internacional moviera un dedo para evitarlo.
Por lo anterior es obvio que las acciones de la ONU y la OTAN contra el régimen libio despierten profundas sospechas sobre su verdadero motivo. Más que para “proteger civiles”, quizá para proteger el petróleo o para evitar un flujo masivo de migrantes a las “blancas” costas europeas, o porque se pensó que Gadafi era un blanco fácil, sin muchos amigos y sin mucha importancia geopolítica.
¿Mientras tanto a los civiles en Siria, Yemen y Bahréin, quien podrá defenderlos? No será aquel famoso personaje de la televisión, pero tampoco la comunidad internacional, ni sus múltiples organismos burocratizados, ni la Liga Árabe, ni nadie en realidad.
Quedan abandonados a su suerte, a su propio tesón, para enfrentar las balas, los golpes de media noche y las frías mazmorras de inhumanos regímenes.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Marcos Peckel