Por: Hugo Sabogal

Sin formalismos

Las nuevas generaciones no se conectan fácilmente con la bebida porque las etiquetas dominantes hacen alusión a castillos, marqueses, dones, doñas, santos y santas, figuras muy distantes de sus ídolos o de su manera de ver y de vivir la vida.

Las nuevas generaciones no se conectan fácilmente con la bebida porque las etiquetas dominantes hacen alusión a castillos, marqueses, dones, doñas, santos y santas, figuras muy distantes de sus ídolos o de su manera de ver y de vivir la vida.

De unos años para acá, productores de Francia, España, Estados Unidos, Sudáfrica, Australia, Argentina y Chile comenzaron a salirse del libreto, bautizando los vinos con nombres creativos, cómicos, estrafalarios y hasta malcriados. A juzgar por los resultados comerciales obtenidos, la estrategia les ha funcionado, especialmente entre los consumidores recién iniciados.

Australia, un gigante en la producción de vinos y un permanente innovador en todos los frentes del negocio, vio nacer desde hace ya algún tiempo marcas como Ten Minutes by Tractor (10 Minutos en Tractor), que deriva su nombre del tiempo que tarda en llegar a la bodega de elaboración el tractor que recoge la uva en el viñedo.

Algo más intrépido es el trabajo de la firma sudafricana Fairview, con su marca Goats Do Roam, (Las Cabras sí Vagabundean), un juego de palabras concebido para mofarse deliberadamente de la denominación Côte du Rhone, donde se producen algunos grandes vinos franceses. Lo mismo sucede con Bored Doe (La Coneja Aburrida), que también es un calibur de Bordeaux o Burdeos, la meca de los vinos finos en el mundo.

Los franceses, quienes en un comienzo criticaron la osadía sudafricana, introdujeron sus propios vinos irreverentes como Chat on Oeuf (Gato sobre Huevo), otro juego de palabras que alude a Chateaunoeuf du Pape (El Castillo Nuevo del Papa), denominación reconocida durante siglos. También dieron vida a Lounge Dog (Perro Alargado), calibur que suena como Languedoc, otra zona tradicional del sudeste francés. Pero, sin duda, una de las etiquetas más osadas es Vin de Merde (no hace falta la traducción), creada por un cocinero de Montpellier para retar a los expertos que opinaban contra los vinos de Languedoc-Rousillon.

España no se ha quedado atrás. Allí ha surgido un Verdejo (vino blanco de la denominación Rueda) con el temerario nombre De Puta Madre, expresión ibérica de uso diario en la península. Otro delicioso Albariño de Rias Baixas, en Galicia, expresa en su etiqueta el sentimiento de sus competidores frente a la acogida de su marca. Se llama Envidia Cochina.

La movida suramericana se inició con la exitosa bodega Altos Las Hormigas, que quiso rendir tributo en su nombre y en sus etiquetas la plaga que casi evitó que la empresa viera la luz del día.

Desde entonces han aparecido marcas como El Enemigo, del creador Alejandro Vigil, quien quiso destacar aquí su posición frente al conformismo.

El Imperfecto, del enólogo Daniel Pi y de su hijo Gonzalo, muestra otra faceta de Daniel, quien, como jefe de enología del poderoso Grupo Peñaflor debe cerciorarse de que los vinos siempre salgan sin faltas. Su Imperfecto, en cambio, se produce en un garaje y se vende por medio de las redes sociales.

Igual de desafiante —y exitoso— es Callejón del Crimen, de la bodega Finca La Luz, que recoge en su nombre una historia trágica de dos amantes.

Y recientemente acabo de probar en Bodega Los Toneles, de Mendoza, una serie de tintos de gran calidad con nombres como Perro Callejero, Sapo de Otro Pozo, Mosquita Muerta y Pispi. Y en Patagonia descubrí en Bodega del Fin del Mundo los dos vinos (uno blanco y otro tinto) de La Poderosa, etiqueta que le rinde homenaje a la motocicleta en la que Ernesto ‘Che’ Guevara recorrió Argentina antes de su aventura latinoamericana.

Y en Chile, el experto en suelos Pedro Parra y su amigo François Massoc lanzaron un vino tinto “despeinado, al que bautizaron con el nombre de Clos des Fous (Encierro de Locos) para contradecir a aquellos críticos internacionales que piensan que el vino chileno es aburrido. Y los sorprendieron.

Lo cierto es que esta tendencia continuará. Estas nuevas marcas y etiquetas han comenzado a responder a las expectativas de una población de consumidores moldeada alrededor del cine, los cómics y la literatura irreverente.

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