Por: Sergio Otálora Montenegro

Sin Galán y con las miserias de siempre

Colombia nunca ha sido territorio fértil para el ascenso de fuerzas progresistas. Todas han sido aplastadas, sin excepción. El sistema las expulsa, las acaba, como a cuerpos extraños, enfermos,  que deben liquidarse.

Ahora que conmemoramos veinte años del asesinato de Luis Carlos Galán, quien en su último trecho de existencia presenció, con estupor y rabia, cómo asesinaban a diario a los dirigentes y militantes rasos de la UP,  ya es más que evidente la imposibilidad de poder aclimatar en nuestro suelo una alternativa de poder que logre romper el cerco tendido desde hace tanto tiempo: democracia restringida, conflicto agrario no resuelto, impunidad galopante.  Guerra sucia. Violación de nuestra soberanía con la disculpa del combate a muerte contra el narcotráfico.

El gobierno de Uribe continúa esa tendencia, pero con novedosos elementos de manipulación política,  que se complementan con los de siempre: ofensiva militar, aislamiento nacional e internacional de la guerrilla, persecución y asesinatos selectivos.

Esto del referendo, la reelección, la larga espera para que el actual presidente dejara ver sus verdaderos apetitos, ha desconcertado, desorganizado e incluso dividido  a las fuerzas de oposición. Algunos medios han sido multiplicadores oportunistas de esos resquebrajamientos internos. Y comulgan con la estrategia de fondo: desmontar para siempre la idea de que la única manera para lograr la paz en Colombia, es mediante la negociación política que resuelva el conflicto social que generó el alzamiento armado. Ese discurso es anticuado, “mamerto”, rémora de otros tiempos, cuando se creía que era imposible romper el equilibrio militar entre las fuerzas del orden y las de la insurgencia.
 
Estamos en otro paradigma. El aparente consenso (somos rehenes de las encuestas) es que cualquier discurso distinto al uribista, es darle de nuevo oxígeno al terrorismo. Como están las cosas, una coalición amplia de centro izquierda que busque aclimatar el entendimiento y bajar los niveles de confrontación militar, sería vista como el retorno de las palomas ingenuas que terminarían entregándoles el país a los criminales.

Hay un amplio sector de la clase dirigente (que siente que interpreta la voluntad popular) que defiende un tercer periodo de Uribe, porque ve que sería la estocada final al gran enemigo histórico, esta vez de la mano generosa de la tecnología y el armamento estadounidenses. Existe otra tendencia, dentro del mismo bloque de poder, que no comulga con la estrategia del actual inquilino de la Casa de Nariño, ya sea por razones doctrinarias (desequilibrio absoluto de los poderes del Estado) de praxis política (seguir en los peladeros de la oposición sin la jugosa tajada burocrática) o de estilo (les produce alergia el caudillismo mesiánico).

El juego es largo, a varias bandas. Se busca apuntalar (perpetuar) una fuerza que monopolice el Congreso, la política regional, las instituciones de control del Estado, mediante la estrategia bifronte de la hegemonía política a punta de bravuconadas de micrófono y reparto irresponsable del presupuesto en pueblos y veredas, y el ejercicio de la violencia contra movimientos que busquen quebrar ese muro.

El asunto de fondo es que aún estamos demasiado lejos para que en nuestro país suceda el fenómeno electoral que ha estremecido la región: que fuerzas alternativas, ajenas a los partidos tradicionales, logren llegar al poder. Nuestra izquierda ha sido vulnerada desde dentro y objeto de toda clase de manipulaciones. Es obvio: su último repunte electoral prendió  las alarmas. La respuesta fue no sólo amedrentarla por la vía de la guerra sucia de siempre, sino estigmatizarla sin tregua con la perversa táctica de aliarla con la guerrilla.

Veinte años después del sacrificio de Galán, seguimos en las mismas: a ojos de este régimen consolidado de tierra arrasada, no es legítima cualquier propuesta progresista, amplia, que busque superar, mediante un esfuerzo de paz y de reformas,  nuestras grandes miserias.

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