Sin gloria y con mucha pena

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Se cumple la mitad del período de Iván Duque; solo le restan dos años. Y para que la tengamos clara, Duque ya agotó sus años “gozosos”, solo faltándole los “dolorosos”, a menos que pueda hacer cosas históricas cuando ningún presidente las hace: al final y no al principio.

Duque se ha convertido en un presidente que ha sabido conservar las expectativas que sobre él había cuando era candidato, es decir, ninguna. Visto de esa manera, Duque no es una decepción, es algo peor: una tragedia.

Duque es una especie de “crónica de una muerte anunciada”. Lo que ocurriría con Duque estaba más que cantado, pues quien llegaba a la Casa de Nariño era alguien sin ningún mérito ni trayectoria, un desconocido sin experiencia probada, sin ejecutorias propias. Su única credencial: ser “el que dijo Uribe”, lo cual no es nada honroso.

Además de esa inexperiencia que todos los días lo lleva a comportarse como “aprendiz en período de prueba”, Duque, en detrimento de él mismo y del país, también ha puesto lo suyo: desmedido radicalismo, persecución de opositores, sabotaje a los acuerdos de paz, apego como disco rayado a su insustancial economía naranja, y un muy incompetente equipo de gobierno que se destaca más por sus torpezas y escandalosas frases e ideas que por sus aciertos.

Un gabinete sin peso ni representación distinta al amiguismo, con profundo desconocimiento para liderar políticas esenciales, y que en gran medida se ha limitado a gobernar por la inercia propia del sector público cambiándole el nombre a programas gubernamentales del pasado para maquillarlos como propios o a sacar pecho con la herencia, esa sí para nada molesta, de inaugurar cientos de obras puestas en marcha en el gobierno anterior para hacerlas ver como de su gobierno.

Así gobernó Duque año y medio y así sigue haciéndolo desde que apareció la pandemia, en donde las cifras son evidencia irrefutable de haber sido mal conducida, salvo en lo que tiene que ver con el diario programa “Aló Presidente” en donde se destaca como un buen presentador como Pastrana. Es absolutamente evidente que Duque no tiene ni cómo, ni con qué, ni tiempo, para que la historia diga de él, ni siquiera, algo tan sencillo como que: dejó un país mejor del que recibió.

Para un país con necesidades inmensas de desarrollo perder tiempo es una tragedia. Con Duque hemos perdido tiempo valioso para invertir en temas claves para transformar a Colombia: lucha contra la corrupción, generación de empleo, desarrollo industrial y comercial, reforma a la justicia, equidad social, consolidación de la paz y reforma política.

Hay que hacer profundas reflexiones sobre la perversidad del caudillismo: Uribe - Petro. La derrota de las opciones de centro en la primera vuelta electoral nos llevó a la sin salida de escoger entre lo malo y lo peor. Una representaba la guerra y el terror, y la otra, el desastre y el cataclismo, como estrategias políticas. Ambas, perversas.

Causa tristeza que hayamos perdido dos años habiendo elegido a un presidente como Duque, en momentos en los que necesitábamos de un estadista. Esperanzador eso sí, el hecho de que tan solo restan dos años para que se acabe este sin gobierno, que ojalá nos muestre la posibilidad de elegir un buen presidente, seguramente de centro, pues el país está saturado, ahora sí, tanto de Uribe como de Petro y de los extremos que ellos representan.

Por ahora, hacer fuerza para que este gobierno de Duque termine pronto y de la mejor manera posible. Un gobierno sin gloria y mucha pena.

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