Sin hábitat

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El oso polar está condenado a la extinción debido a que el calentamiento global derretirá el Ártico para el año 2100. Al menos en condiciones silvestres, esta especie animal, una de las grandes bestias maravillosas que posee la Tierra, desaparecerá. Tal vez los seres humanos logremos disponer de suficientes ejemplares en cautiverio para garantizar su sobrevivencia, una responsabilidad que no podemos declinar, pero incluso nada sabemos de los propios humanos para ese momento: la era del caos climático habrá avanzado lo suficiente como para que el planeta sea irreconocible y tal vez el zoocriadero también sea nuestro destino.

Sin entrar en especulaciones apocalípticas en tiempos de COVID-19, que ya es bastante duro, la reflexión acerca de las transformaciones del planeta causadas por la humanidad es un ejercicio pedagógico y una fuente obligada de pensamiento ético y político, toda vez que hemos obligado a los ecosistemas y toda la biodiversidad a reorganizarse para adaptarse a nuestra existencia: cerca del 70 % de la superficie de la Tierra (un 50 % para Colombia) ha sido intensamente modificado por las actividades humanas, causando con ello la desaparición del hábitat de miles de especies de plantas y animales. Eso, sin medir el cambio en los océanos. El bienestar construido (y mal distribuido) para las poblaciones humanas ha implicado el desplazamiento de todas las demás: hasta hace muy pocos años, la noción de convivencia con la biodiversidad no hacía parte de ninguna agenda, si bien muchas culturas del mundo la venían practicando como parte de un aprendizaje a menudo ancestral; muchos pueblos saben que destruir la complejidad biológica de un territorio nos hace malos parásitos, algo que afortunadamente se puede curar con cultura.

En Colombia hay decenas de especies amenazadas por la pérdida de hábitat, generada a su vez por la deforestación, la desecación o la expansión de actividades agropecuarias. En algunos casos, por la expansión urbana, una situación ya extrema en la que lo silvestre lucha metro a metro contra el cemento, como el caso de los humedales de Bogotá, donde decenas de especies de aves se encuentran contra la pared y, en algunos casos, irremediablemente amenazadas: las dejamos sin casa. El cucarachero (Cistothorus apolinari), inmortalizado en la canción insigne de la capital, ya no tiene dónde construir nidos, pues sus juncales han sido destruidos, incluso en los sitios de conservación, donde ciertos planificadores urbanos han insistido en “proteger” los humedales, pero con poca ciencia y solo si se parecen a sus lagos de ensueño.

La protección absoluta o restauración de humedales en la sabana de Bogotá, en Cartagena o en Cali equivale para los colombianos a proteger el Polo Norte, con la diferencia de que está a nuestro alcance. Incluso, podemos reconstruir humedales, uno de los ecosistemas más plásticos del territorio, y recuperar hábitat para nuestras especies tan queridas como amenazadas: basta un urbanismo sensible y creativo, y algunas medidas de manejo como eliminar los perros ferales (lobos creados por nosotros) y sustituir la vegetación invasora. Se puede compartir el mundo con la mayoría de especies, quienes después de millones de años de convivir tuvieron que presenciar la llegada devastadora de la última, hoy apestada y encerrada, ojalá reflexionando acerca de la persistencia, hoy amenazada, de sus propios logros evolutivos.

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