Por: Carolina Sanín

Sin luz

AL REGRESO DEL TRABAJO ME ESPEraba la noticia de que me habían cortado la luz porque no la había pagado.

De la portería a mi apartamento, por la escalera del edificio, formulé preguntas incontables. No sólo indagué, leyendo la notificación, a dónde ir para que la electricidad me fuera restituida; me pregunté también cuándo había visto por última vez la factura que pasé por alto, y qué pensamiento me llevó a esconderla; cuál había sido el último día para pagarla, y en qué me ocupé ese día; si la culpa la tenía el sistema por no avisar más de una vez. Quise saber además —como si las respuestas se encontraran en la memoria— cómo era el enviado de la empresa de electricidad que había venido a castigarme, de qué color estaba uniformado, con qué instrumento pudo dejarme a oscuras, y si yo en su lugar habría cumplido la misión con suficiencia o con reserva. De cada interrogante se desprendía un racimo de problemas. Todos cupieron, junto con la rabia y el lamento, en el minuto que hay entre mi puerta y mi portal. Así como en los sueños el drama completo de la vida de quien sueña puede desplegarse en un instante, el tiempo se expandía en este caso de súbita intrusión. Habría que pensar en el parecido que hay entre la experiencia de la sustracción y la del sueño. Pero hoy no es ése el tema.

 Hoy, para descargarme de una culpa y quizás también porque hace semanas que no leo el periódico ni veo el noticiero y por tanto me siento fuera de contexto, haré una confesión en vez de dar una opinión. Y ahora que me quedé pensando en los sueños, me pregunto si podría decirse que un sueño es una confesión y si ésta procede, como aquél, de suspender la actualidad. Pero es posible que siga haciéndome preguntas sólo para posponer el relato vergonzoso de lo que hice cuando me suspendieron la luz.

Lo que hice fue que salí a caminar hacia el norte por la avenida Séptima con la factura vencida en una mano y en la otra la notificación. Caminé rápido durante casi media hora, cansándome, respirando sin compás, hasta una oficina de Codensa. Llegué cuando estaban a punto de cerrar. Esperé en fila y pagué y pregunté cuánto tardarían en reconectarme. Me dijeron que unas 24 horas. Quise saber si podía hacer algo para acelerar el trámite. Me dijeron que no. Entonces, se me apareció en la boca el niño. Tuve un hijo. Inventé: “Es que tengo en la casa un recién nacido. Tengo que calentarle el tetero, y mi fogón es eléctrico”.

Me sugirieron que llamara a un número de emergencias. Llamé y, para no pecar por defecto, dije que acababa de traer a mi hijo del hospital. Le habían hecho una cirugía, y yo tenía que hervir agua para limpiarle la herida cada hora. “La heridita”, dije. La malicia buscaba un tono. “Justamente, he estado tan atareada con el problema del bebé que olvidé pagar la luz”. Me hicieron mandar un fax. Lo mandé desde una papelería. Llamé de nuevo. Una agente suspicaz me preguntó qué cirugía había sido. “De una hernia umbilical”.

La luz volvió a mi casa antes que yo, y sólo cuando la vi y vi que la falsedad había surtido efecto, tuve conciencia de mi falta y sentí que debía confesarla. ¿Debía ocupar mi próxima columna con una confesión por haber perdido la legitimidad para hacer una crítica? Cometí un error grave como ciudadana: abusé de los servicios públicos. Pero mi malestar no se debe sólo a eso. Al mentir a unos desconocidos y hacer que entre ellos y yo naciera un niño imaginario y herido (en el ombligo, nada menos) para tener luz, hice algo que me tocó de manera más permanente. Acaso me di a leer una metáfora de lo que hago cuando escribo cuentos. En ese caso, tendría que confesar que no estoy confesando solamente para pagar sino también por repetir.

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