Por: Columnista invitado

Sin pelos, y no en la lengua

Siempre me he considerado limpiecita y refinada.

Me preocupo por el aseo personal, todos los días en contra de los consejos del peluquero me lavo el pelo, los dientes mínimo tres veces al día y aunque no soy cuerpo glorioso, como chicle cuando tengo bafo, si siento que estoy recalentada aireo las axilas y complemento con refuerzo de desodorante, y asfixio los pies en talco para evitar la pecueca. Oler rico es clave en todo momento.

Como parte del cuidado personal, y obviamente como cualquier mujer, recurría antes de que apareciera el láser a la tan temida cera. En ese entonces tenía un chico que me gustaba como revolcón temporal y por la empatía sexual que teníamos fuimos buenos amantes.

Hubo algo en él que me causó demasiada curiosidad. No tenía un pelo, era completamente lampiño, cosa que hacía el sexo oral maravilloso, ya que mis dientes no se enredaban con nada. Fue tanto el placer que me causó, que quise sorprenderlo depilándome toda. Agendé cita en la peluquería, pero lejos estaba de imaginarme que tan grata sorpresa para aquel mozo podía convertirse en un momento escalofriante de mi vida.

Cuando comenzó la dura sesión indiqué que quería cavado profundo, no había terminado la frase cuando vi cómo volaron mis braguitas. Todo allá abajo estaba descubierto y yo expuesta ante una extraña. Mientras me solicitó que dejara una pierna sobre la camilla, me levantó la otra a 90 grados y mandó la espátula llena de cera caliente en un lugar tan profundo que me hizo sonrojar.

No alcancé a pensar en nada más que en la intimidad que estábamos teniendo. Me indicó que con la mano me agarrara la nalga para poder llegar aún más profundo, estaba completamente arrepentida, pensé en varias maneras de quitarme ese pegote, pero ya era demasiado tarde, el pañito de lino ya estaba enmelocotado y fue ahí cuando sentí el tirón, grité y como si no fuera con ella, continuó su ritual y prosiguió la inquisición.

Fue un dolor intenso, no duró más de 20 segundos, pero lo recuerdo eterno. Salí caminando, pero no podía cerrar las piernas. En cuanto pude llamé a mi tinieblo y le llegué a su casa completamente convencida de que sería una grata sorpresa. Cuando comenzamos a despojarnos de nuestras prendas no soportaba el dolor cada vez que me tocaba.

Estaba completamente ardida, sentía calentura y no precisamente por la excitación. La tan amorosa dama que me hizo la cera me había quemado lo más íntimo que tenía. Luego de pasar por la penosa situación de las manos curativas de mi hombre lampiño, concluí que aunque la sensación posterior era placentera, era mejor volver a mis principios de lucir una pequeña línea, antes que pasar nuevamente por la vergüenza y el dolor.

Brenda Cohen*

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