Sin perdón

EL MIÉRCOLES DE ESTA SEMANA el primer Ministro de Canadá, Stephen Harper, pidió perdón a los indígenas de ese país por lo que definió como “un capítulo triste de la historia nacional” y reconoció así los abusos físicos y el daño cultural que ellos han sufrido durante un siglo cuando fueron entrenados para aceptar la civilización blanca, es decir, idioma, costumbres, religión, medicina, crianza y hasta sistema político.

Durante el siglo XX casi 150 mil niños indígenas fueron enviados a internados dirigidos por diferentes iglesias y el Gobierno para “civilizarlos y cristianizarlos” y salieron  de allí —donde sus costumbres fueron consideradas fuera de la Ley y en muchos casos sufrieron violencia sicológica y sexual— como jóvenes sin raíces y sin lazos con la familia o la comunidad. Aunque las iglesias ya habían pedido perdón a finales de los 80 y el departamento de asuntos indígenas había presentado un acta de reconciliación en la misma época, sólo hasta 2006 fue creado un fondo de compensación para las víctimas por 1,9 billones de dólares canadienses. Pero ellos esperaban que fuera el Primer Ministro y a nombre del Estado quien reconociera esa conducta bárbara y expresamente pidiera perdón a los jefes indios, como lo hizo en la ceremonia del miércoles pasado.

Y esta historia me lleva a la situación de nuestros Padres, los miembros de las diferentes comunidades indígenas colombianas, que se encuentran en la misma situación de ciudadanos de segunda clase y sus territorios siguen desapareciendo siempre en beneficio de explotaciones petroleras y mineras o, más grave aún, a manos de los que corren la cerca y los van recostando en las cumbres de nuestras montañas. Por lo menos ese es el caso en el Caribe, aunque ahora el Gobierno promociona ciudadelas confortables y satélites, como la inaugurada pomposamente por Pachito Santos en la Sierra Nevada de Santa Marta.

En primera página se ven lindas, pero poco tienen que ver con la cultura de cada etnia ni con los sueños de los verdaderos dueños del país. Es una imitación barata tipo Hollywood de sus verdaderas viviendas y poblados y no están ubicados donde ellos querrían: así hayan aceptado esta comedia y en la foto crucen manos amorosamente con los delegados del alto gobierno (en todas partes se consiguen áulicos). Porque si uno los visita en la intimidad, le cuentan su tragedia y los lamentos perduran más allá de las cumbres nevadas, victimizados por todo tipo de ejércitos, empujados por los terratenientes y ahora, también visitados por helicópteros con gringos que sólo les dicen “go down” (bájense). Yo les creo a los Mamos. De manera que en Colombia estamos en mora de que el Gobierno reconozca públicamente los abusos de que son víctimas las comunidades indígenas (a pesar de la Constitución de 1991) y de que cese toda explotación del suelo de las reservas, se mantenga un cordón de protección contra los terrateniente y otras pestes y se respeten, en la realidad, sus tradiciones.

[email protected]

Buscar columnista

Últimas Columnas de Sin nombre