Por: Piedad Bonnett

Sin proporción

En la navidad del año pasado el general Navas visitó a las tropas que combaten a la guerrilla.

Los televidentes pudimos ver cómo las arengaba gritando repetidamente: “¡Lo nuestro es el combate!”. En seguida el reportero entrevistó a algunos de los jóvenes soldados, y lo que vimos no se correspondía muy bien con los gritos guerreros del general: temblorosos por la emoción y con los ojos llenos de lágrimas los muchachos enviaban mensajes y les deseaban a sus familias lo que ellos no tenían: paz y tranquilidad.

La guerra no sólo es dura, sino que de ella no se sale indemne. Lo muestran las estadísticas sobre suicidios entre los soldados y veteranos de guerra en los Estados Unidos. Las cifras son atroces: 6.500 soldados que han estado en Irak y Afganistán se quitan la vida cada año, y 22 veteranos de todas las guerras se suicidan diariamente. “Nada envejece tanto, ni daña la vida, como causar la muerte a otro —escribe Roberto Burgos Cantor en su última novela, El secreto de Alicia, refiriéndose a los soldados— (…) se despertaban despavoridos con gritos de agonía (…). Un pánico permanente los abrazaba y sus miradas desorbitadas no veían nada distinto del sufrimiento que causaron. Los visitó en el pabellón mental de la sanidad militar o los acompañó al bar y cada vez parecía que acabaran de llorar”.

Los soldados colombianos hacen la guerra en medio de las penurias propias de la tropa: largas jornadas, tensión, miedo, calor, mosquitos y quién sabe qué más. Y como se sabe, no están bien remunerados: según la prensa, un soldado profesional gana 800.000 pesos Por eso, para los 129 soldados que hicieron pacto de silencio con tres oficiales y 15 suboficiales cuando se encontraron ocho canecas repletas de billetes enterradas en el monte, ese hallazgo significaba la oportunidad de su vida. ¿Y cuál era el dilema moral? Pues nulo, si se tiene en cuenta que ese dinero pertenecía a la subversión, a la cual ellos persiguen. Además, en un país que durante años y años ha sido robado por sus políticos y por todo el que puede, es difícil exigirles a unos pobres soldados, que actúan en montonera y avalados por sus superiores, que pongan en manos de las autoridades lo que aparentemente no es de nadie. Y como así debieron pensarlo, corrieron a comprar todo lo que se les pasó por la cabeza, desde zapatos y sudaderas hasta casas para los papás, pasando por motos, trago y ratos de diversión con prostitutas. Eso de acuerdo con la sensatez de cada uno.

Por supuesto que la conducta de la tropa no fue correcta. Pero hay que tener sentido de las proporciones. Y como en este país eso no existe, a estos soldados, muchos de los cuales han permanecido presos estos nueve años, una juez militar les piensa dar condenas entre cuatro y ocho años. Mientras tanto, muchos de los militares autores de los falsos positivos andan sueltos, y la probabilidad de que esos crímenes monstruosos queden impunes es altísima. O a un personaje como Emilio Tapia, acusado de cohecho y concierto para delinquir muy probablemente se le conceda, por delatar a sus cómplices, 13 años de detención domiciliaria. Y ninguno por peculado. Así estamos.

 

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